Luciano Alvarez
Al final de "El hombre que mató a Liberty Valance" (John Ford, 1962), los guionistas James W. Bellah y Willis Goldbeck, deslizaron una frase extraordinaria: "Cuando la leyenda se ha vuelto realidad, se publica la leyenda".
Las leyendas, esos relatos construidos con una porción de realidad, a veces mínima, adquieren estatuto de verdad cuando se convierten en sostén de ideologías y creencias.
En el siglo XVIII surgió la de Galileo Galilei, héroe austero e inmarcesible, enfrentado al oscurantismo católico.
El sentencioso Eduardo Galeano la cita con recurrencia para demostrar que, según la Iglesia Católica, "el conocimiento es pecado". El periodista argentino José Pablo Feinmann (página 12, 24/5/1998) incurre probablemente en su formulación extrema cuando escribe que el Che "Guevara, como Galileo, ha lanzado su mirada hacia el futuro buscando allí el espacio de la liberación de los hombres, del triunfo final de la luz sobre las sombras de la opresión. Al cabo, Galileo y Guevara son hombres de izquierda".
Una idea que probablemente fuera del gusto de otro sentencioso como Bertold Brecht, autor de una célebre obra de teatro sobre el tema.
El viaje hacia la verdad de los hechos puede comenzar un día de mayo de 1609, hace exactamente 400 años.
Galileo Galilei, profesor de la Universidad de Padua de 45 años, se entera que un tal Hans Lip-pershey acababa de presentar en Venecia un instrumento con el que se podían observar objetos lejanos, obtiene una descripción del instrumento y fabrica uno de mayor rendimiento que el original; lo llamó "perspicillum".
El 21 de agosto, desde el campanario de San Marcos hizo una demostración para los senadores venecianos: el uso comercial y militar del telescopio es evidente y Venecia le compra los derechos exclusivos de fabricación.
Galileo inicia un rápido ascenso en su riqueza, en su consideración social y en su carrera científica.
Con su telescopio pasa las noches mirando al cielo y descubre las montañas de la Luna, las manchas del sol, cuatro satélites de Júpiter, las fases de Venus…
Las conclusiones de esta última observación -sugerida por su ex alumno Benedetto Castelli- le confirma una convicción teórica: la interpretación del Universo creada por Ptolomeo catorce siglos atrás no era correcta; en cambio sí lo era la del religioso polaco Nicolás Copérnico publicada en "Las revoluciones de los mundos celestes" (1543).
La tierra no es el centro del Universo sino que gira en torno al sol.
Para ese entonces, Galileo se había ganado, con justicia, un lugar eterno en el panteón de la ciencia, junto a Copérnico y a sus contemporáneos Tycho Brahe y Johannes Kepler.
Fue nombrado miembro de la Academia pontificia y entre sus numerosos admiradores se encontraban varios de los nueve papas que reinaron durante sus años de científico.
Galileo cultivaba la vanidad y otros pecados relativamente comunes en su especie: no dudaba en apropiarse de méritos ajenos -de sus alumnos y amigos-; descreía de la generosidad intelectual, tendía a considerar imbéciles a quienes le contradecían y no dudaba en refutarlos, con insolencia e ironía.
Cuando el jesuita Orazzo Grassi, del observatorio romano, afirmó que los cometas eran objetos celestes reales, Galileo le respondió agriamente, con insistencia y error, que sólo se trataba de ilusiones ópticas.
Cuando se sugirió que el sistema copernicano ponía en entredicho a las Sagradas Escrituras, Galileo se metió en ese espinoso problema y procuró saldarlo apropiándose de una fórmula del cardenal Baronio:
"El propósito del Espíritu Santo, al inspirar la Biblia, era enseñarnos cómo se va al Cielo, y no cómo va el cielo".
Las polémicas fueron intensas y en 1615, el dominico Tommaso Caccini, un oportunista que procuraba realzar su reputación a costas de Galileo, se presentó ante el Santo Oficio para denunciarlo.
El Cardenal Roberto Bellarmino fue el encargado de juzgar el caso. Si bien advirtió a Galileo que no jugara al teólogo y se remitiera a trabajar sobre sus hipótesis sin hacer propaganda, su decisión se ajustó a principios científicos innegables.
La nueva teoría debía ser considerada una hipótesis mientras no se lograran las pruebas concretas y definitivas, pero "una vez que dicha teoría fuese probada, sería necesario andar con mucho tiento al explicar aquellos pasajes de la Escritura que parecen contrarios, y decir más bien que no los entendemos y no que son falsos".
El camino para los copernicanos estaba abierto.
Galileo siguió trabajando. En 1623 su amigo el Cardenal Barberini se convirtió en el papa Urbano VIII.
Barberini y Galileo pertenecían a la Academia de Linceos, una de las primeras sociedades científicas y al parecer fue el propio papa quien le sugirió la idea de un libro para exponer objetivamente el debate astronómico.
Es así que en 1632 aparece "Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo, ptolomeico y copernicano".
En él, Galileo ridiculizaba a los defensores del sistema geocéntrico e incluso ponía en boca de Simplicio, el personaje torpe de la obra, algunas expresiones que eran del mismísimo papa.
Fue cuando lo llamó el temible Tribunal de la Inquisición. Estaba aterrado y con razón.
La amenaza de tortura y condena que implicaba la citación no era para tomar a la ligera.
El juicio duró cuatro días. En su defensa Galileo cometió dos errores fundamentales: en primer lugar sólo presentó un argumento disparatado a favor de su teoría: que las mareas eran provocadas por la "sacudida" de las aguas, a causa del movimiento de la Tierra. Sus jueces le dijeron que la luna era la causa, y tenían razón.
Luego cometió su segundo y definitivo error: les dijo que, en realidad, el libro tenía la intención de demostrar que las teorías copernicanas eran ridículas y equivocadas. Eso era insultar su inteligencia.
El 22 de junio de 1633 se le condenó y se le impuso la humillante obligación de abjurar de su teoría. Pasarían 108 años, hasta 1741, para que la Iglesia aceptara la verdad del heliocentrismo; fue cuando se dispuso de instrumentos que permitieron comprobarla y 359 años más (1992) para concluir que sus jueces se habían extralimitado.
Pero Galileo no pasó ni un solo día en la cárcel, ni sufrió ningún tipo de violencia física; durante el proceso, fue alojado principescamente y luego volvió a su propia villa en Arcetri, continuó sus estudios rodeado de jóvenes discípulos y publicó, en 1638 "Discursos y demostraciones matemáticas sobre dos nuevas ciencias" considerada su obra maestra científica.
Murió a los setenta y ocho años, con la indulgencia plenaria y la bendición del Papa. Era el 8 de enero de 1642.
El pasado martes 26 de mayo, en la basílica de la Santa Cruz en Florencia, donde se encuentra la tumba de Galileo Galilei, se inauguró el congreso internacional "El caso Galileo, una relectura filosófica, teológica e histórica".
El evento es una iniciativa de la fundación Niels Stensen de la Compañía de Jesús, con mo- tivo de la celebración del Año de la Astronomía declarado por la Unesco.