La política es una actividad difícil y compleja, donde se chocan infinidad de intereses cruzados. Que exige de quienes hacen de ella su profesión gran apertura mental, tolerancia y, sobre todo, capacidad de entender que no hay blancos y negros. Que las soluciones a los problemas no llegan sólo con buenas intenciones, y que las certezas absolutas suelen ser más fuente de desengaños que de soluciones. Lamentablemente, esta actitud escasea en el actual gobierno.
En los últimos días, dos dirigentes oficialistas hicieron declaraciones que muestran hasta donde el tener una concepción de la realidad tan monolítica y refractaria a la crítica, puede jugar en contra a la hora de gobernar. Por un lado estuvo el Ministro de Trabajo Eduardo Bonomi, que en un acto político en Carrasco se despachó a gusto con toda la batería de estereotipos y lugares comunes facilongos que suele utilizar este gobierno para criticar a quienes no se alinean con su forma de pensar. Según el jerarca, la oposición nacionalista tiene como paradigma el regreso al "modelo" que gobernó al país durante la gestión del ex presidente Lacalle, a la que caracterizó como "un Uruguay plaza financiera, país de servicios, atraso cambiario, privatizaciones y desregulación laboral".
Para Bonomi, que se ve no le gusta calentarse mucho la cabeza pensando, eso solo trajo el cierre de industrias, el abandono de tierras, el cierre de comercios y la pérdida de salarios. Un verdadero desastre. Pero a poco de que Bonomi dijera esas profundas palabras, el director de la Junta Nacional contra la Droga, Milton Romani esbozó una letanía similar. Sostuvo que la oposición es "fundamentalista de neoliberalismo, que vive embobada con la etapa de los 90". Y hasta se dio el lujo de decir que "se han caído varios muros y que el desarrollo económico implica una ética".
Todo tan monolítico como simplón. Propio de gente que tiene una fórmula redonda para entender este mundo tan complejo, y que creen que todo aquel que no comparta su esquemática forma de pensar es un villano digno de protagonizar alguna película de terror de Hollywood. Sin hablar del gran porcentaje de población que no los apoya, a quienes solo cabe calificar de idiotas, por no darse cuenta de la realidad.
Claro que los argumentos mencionados por los jerarcas serían rebatibles. Se podría hablar de como el ingreso al Mercosur, apoyado por todos los partidos, tuvo gran impacto en el cierre de empresas, se podría hablar del "efecto tequila", de la devaluación de Brasil, y de mil situaciones que complejizan un poco el razonamiento a la hora de juzgar gobiernos anteriores.
También se podría cuestionar que dos jerarcas de las áreas que probablemente han mostrado peor desempeño en esta administración, se hagan tiempo para hacer politiquería de club barrial, mientras sus reparticiones presentan resultados lamentables. Basta mencionar el proyecto de reforma del proceso laboral que impulsa con fervor la cartera del ministro Bonomi, y que días atrás fue defenestrado en el Parlamento por uno de los más respetados profesores de Derecho Laboral. Del manejo del tema de la droga más vale ni hablar, porque todo el país tiene una opinión bastante clara al respecto.
Pero mejor que todo eso es citar las palabras del politólogo e historiador Jaime Yaffe aparecidas días atrás en el semanario "Brecha". Allí, el estudioso habitualmente vinculado a la izquierda, dijo dos verdades que deberían hacer reflexionar a muchos miembros del gobierno. Según Yaffe, las políticas desarrolladas por los gobiernos de los "90" no pueden ser calificadas como neoliberales, ya que por distintos motivos no produjeron en Uruguay las reformas que sí se dieron en otros países de la región. Pero hay más.
Sostuvo el historiador que la manera de hacer política "a la uruguaya", o sea con transiciones lentas y en base a acuerdos amplios, termina siendo negativa. Esto porque no permite que cada gobierno pueda cumplir con sus promesas electorales y su esquema ideológico, lo cual hace muy difícil después que se le pueda exigir cuentas de su gestión, ya que en muchos casos las oposiciones de turno tienen amplia responsabilidad en el éxito o fracaso de un gobierno.
Teniendo en cuenta el peso demoledor que tuvo en los "odiados 90" la por entonces oposición frenteamplista asociada a su brazo sindical, sería bueno preguntarse si los hoy jerarcas están dispuestos a asumir su cuota parte de culpa en el desastre que ellos creen que fueron los gobiernos de esa época.