Volteretas e ideología

El gobierno uruguayo acaba de cometer su enésimo papelón internacional. Sus delegados fueron incapaces de reaccionar cuando el presidente iraní negó el holocausto judío y rechazó la existencia del Estado de Israel. Mientras los representantes de numerosos países democráticos se retiraban, los nuestros permanecieron en sala. A ese episodio lamentable siguieron tres semanas de inacción. Pero en cuanto las autoridades del Comité Central Israelita hicieron sentir su descontento, nuestra Cancillería cambió de actitud y se alineó rápidamente con los críticos del presidente Ahmadjnejad.

Esta aparatosa voltereta dejo insatisfechos a todos. Quienes defienden la existencia del Estado de Israel (posición tradicional del Uruguay) sienten que el gobierno estuvo omiso o, peor aun, ambiguo. Quienes defienden el punto de vista opuesto (incluyendo varios miembros de la coalición gobernante) sienten que el gobierno cedió a la presión. Lo único que resulta claro para todos es que a nuestra Cancillería le faltó lucidez, personalidad y capacidad de anticipación.

Pocas semanas antes se había producido una voltereta semejante a propósito del secreto bancario. Durante una visita a Chile, el presidente Vázquez afirmó que las normas vigentes no se modificarían. Presumiblemente, su intención era enviar un mensaje a la interna frentista y llevar tranquilidad a los depositantes. Pero no advirtió que, cuando un presidente habla en el mundo de hoy, no sólo es escuchado por sus gobernados sino por todo el planeta (cosa especialmente cierta si, como es su extraña costumbre, habla desde el exterior). Sus asesores tampoco le advirtieron que, en esos mismos días, se estaba organizando una reunión de la OCDE que incluía la consideración del caso uruguayo. El resultado fue la amenaza de incluir al país en una "lista negra" y el inmediato cambio de actitud del gobierno. El episodio se presta para el cultivo de la ironía, porque mostró a una izquierda asombrosamente dócil ante la voracidad fiscal de los países ricos. Pero lo que realmente importa es, una vez más, la ausencia de lucidez y la falta de rumbo.

Como si esto fuera poco, por esos mismos días los uruguayos debimos ver cómo el ex presidente Kirchner y uno de sus principales aliados políticos volvían a inmiscuirse en nuestros asuntos internos y prometían toda clase de apoyo al candidato José Mujica. El gobernante argentino que más daño le hizo al Uruguay en muchísimas décadas volvía a tratarnos como a una provincia que intenta controlar. Frente a eso, el senador Mujica tuvo una reacción electoralmente astuta pero políticamente ambigua: tomó distancia con Kirchner y le pidió que no se metiera en nuestros asuntos. Pero en ningún momento puso en duda que existiera un profundo entendimiento político entre ellos. El mensaje recibido en Buenos Aires fue: seguimos siendo amigos, pero no lo digas. José Mujica, que se postula como próximo presidente de la República, está contrayendo deudas políticas con un enemigo de los uruguayos.

Desde hace cuatro años, nuestro país viene errando su política exterior. La doctrina de las afinidades ideológicas, defendida y practicada por el ex canciller Gargano, fue sostenida contra viento y marea pese a generar grandes daños. Uruguay apostó obtusamente al Mercosur mientras el bloque se transformaba en lo que nunca quiso ser, mientras Argentina nos agredía y Brasil nos daba la espalda. Sólo muy tarde los gobernantes frentistas comprendieron lo que puede leerse en cualquier manual de política internacional: que las relaciones entre los estados no se rigen por las afinidades ideológicas ni por los vínculos personales entre sus gobernantes, sino por los intereses estratégicos de mediano y largo plazo. Cuando el gobierno terminó de aceptar esa verdad de Perogrullo, la doctrina de las afinidades ideológicas fue abandonada. Pero no fue sustituida por una doctrina alternativa, sino por el cultivo de la improvisación.

Lo que pasa con la política exterior es una metáfora de lo que ocurre en las demás áreas de la vida nacional: la izquierda se preparó para ganar las elecciones pero no para gobernar. Le sobra ideología y voluntarismo, per--o le falta lucidez y capacidad de ejecución. Muchos de sus líderes desprecian el conocimiento y el profesionalismo. Y lo peor es que, en la interna frentista, están ganando quienes más cultivan esos vicios. Cinco años más en semejantes manos serían algo muy grave para el país.

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