Deporte del año

Una guerra de nervios. Seis meses antes de las elecciones nacionales, los resultados de las encuestas referidas a la intención de voto de los uruguayos ya son el eje de toda una esfera de especulaciones y pronósticos sobre las posibilidades de los distintos sectores políticos, los volúmenes de apoyo popular que podrá tener cada uno de ellos en el mes de octubre, los puntos que se ganan o se pierden a medida que transcurren los días y la eventualidad de una victoria en la primera o en la segunda vuelta cuando llegue la fecha. De esa manera -como si se tratara de un arte de la adivinación o una pirueta futurológica- tales sondeos anticipan las cifras de los comicios, o por lo menos sus mayores tendencias, y dan la sensación de que no hace falta esperar a las elecciones reales de la próxima primavera para conocer la voluntad de la ciudadanía, sino que basta con ver los números que surgen de esos escrutinios virtuales que realizan las consultoras de plaza a través de sus operativos encuestadores.

Porque la atención que se presta a los tanteos de opinión ha ido creciendo (y adelantándose en el tiempo) de tal forma, que esos tableros de porcentajes que podrían despertar la curiosidad de una aproximación o mostrar el semblante revelador de una estadística, se han convertido en cambio en una obsesión cercana a la histeria, en un juego de apuestas fomentado a menudo por el periodismo, en una fiebre deportiva de frecuentación casi diaria, que se practica con más entusiasmo y menos severidad de la deseable, considerando el tema y las consecuencias de futuro que derivan de él.

Asombrosamente, eso ocurre 180 días antes del acto eleccionario, como si las intenciones de los votantes fueran inalterables de aquí a entonces. No conviene olvidar los casos que han demostrado lo contrario, desde el meteórico ascenso de Fujimori en los días previos a las elecciones peruanas de 1990, hasta el súbito vuelco del electorado español en el umbral de los comicios de 2004. Pero en el caso uruguayo actual, la anticipación de las encuestas es menos aconsejable y doblemente improcedente porque tiene lugar cuando aún no se han producido las elecciones internas de los partidos fijadas para el mes de junio, que determinarán al candidato presidencial de cada lema y alterarán con toda seguridad el respaldo que pueda obtener cada uno de dichos sectores.

Hay desde luego consultoras de notorio prestigio, cuyo desempeño ha tenido una probada seriedad a lo largo de los años, pero asimismo hay otras que permiten imaginar el margen de manipulación que puede existir en esa negociación privada entre quien encarga un sondeo y quien lo realiza, aunque después el resultado final de los acontecimientos demuestre quién era confiable y quién no. Pero más allá de esas categorías, y del grado en que ese entretelón puede beneficiar los intereses de un grupo o de otro, lo que resulta desalentador es que casi todo un año previo a la fecha de las elecciones nacionales, se dedique a ventilar los fervores de la campaña política y a ejercitar el esfuerzo casi muscular de ese proselitismo. Ello equivale a agotar en tal actividad las energías (físicas, vocacionales, intelectuales, profesionales) de los dirigentes de todos los grupos, incluyendo por supuesto a quienes integran el oficialismo y tienen -se supone- la obligación de llevar el timón del Estado.

Y eso ocurre durante la quinta parte del período que el régimen constitucional otorga a una gestión de gobierno. Entonces la ciudadanía tiene la impresión de que hacer política es más importante que gobernar y piensa por lo tanto que la atención de la clase dirigente no está orientada a resolver los problemas de la realidad nacional sino a ejercitar esa gimnasia quinquenal, la que se practica en la campaña electoral, en la retórica de los discursos, en el llamado a las emociones colectivas, en los baños de multitud de los actos públicos, en los propios comicios y luego en la magna distribución de cargos de confianza que sucede al triunfo. En medio de tales revuelos, las cifras que emiten las encuestas condimentan todo el proceso igual que ciertos ingredientes gastronómicos que se agregan a las ensaladas para reavivar su sabor. La gente está más pendiente de dichos porcentajes que de los contenidos de un programa de gobierno o del azaroso destino de la República, lo cual es un rasgo de frivolidad o quizá de simpleza frente a las grandes maniobras democráticas que dominan un año electoral.

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