Con el reciente cierre del casino y la ruidosa protesta de sus funcionarios, el escándalo y la polémica siguen jalonando el largo proceso de privatización del Hotel Carrasco que ahora parecería llegar a su fin.
En 1997, el primer intento de transferirlo a la órbita privada falló porque el entonces edil Jorge Zabalza se negó a votarlo en la Junta Departamental de Montevideo. Circularon denuncias, acusaciones y rumores de tráfico de influencias hasta que todo quedó en la nada mientras el noble edificio de la rambla, símbolo de un barrio y una época, yacía abandonado, camino a la ruina.
En 1999, un segundo intento con la concesión de la obra y del casino anexo a la empresa Carmitel, quedó paralizado a partir de 2002 por sus repetidos incumplimientos.
Para colmo, esta empresa apareció vinculada al escándalo de los casinos municipales en virtud de su manejo de las máquinas de slots, elemento clave en la trama de corrupción por la que resultó procesado Juan Carlos Bengoa y algunos de sus colaboradores. Tanto el intendente Mariano Arana, como su sustituto, Adolfo Pérez Piera, intervinieron en el tema, en particular el último de los nombrados pues las modificaciones que introdujo al contrato original con Carmitel fueron observadas por el Tribunal de Cuentas.
En 2005, cuando asumió Ricardo Ehrlich, dio la impresión que la saga del hotel-casino tendría un final rápido y feliz, pero no fue así. Pese al compromiso de acelerar los trámites de concesión, la licitación terminó por resolverse a favor del grupo Codere-Sofitel -no sin fuertes reclamos de una de las empresas perdedoras y discusiones varias- hacia fines de 2008. Ahora, el cierre del casino puso a sus empleados en pie de guerra denunciando vicios en el proceso privatizador y señalando en un volante que la "licitación está públicamente cuestionada por supuestos tráficos de influencia entre actores de un mismo sector político".
A trece años de iniciados los trámites para privatizarlo, la noble mole del hotel Carrasco sigue siendo motivo de líos, protestas y pugna de intereses. En suma, un símbolo del mal manejo de la izquierda en el gobierno de Montevideo.