En el Atlántico sudoccidental dos grandes iceberg son arrastrados por la corriente fría de Malvinas hacia aguas meridionales, a una velocidad de aproximadamente dos kilómetros por hora. Uno de los iceberg tendría unos 250 metros de largo y alcanzaría unos 30 a 40 metros de altitud sobre el nivel del mar. Ambos se encuentran a la deriva en una zona donde, en esta época del año, se concentra una importante flota pesquera dedicada a la captura del calamar. Se estima que podrían llegar al Frente Marítimo en unos pocos días.
El desprendimiento de iceberg a partir de la plataforma de hielo que rodea la Península Antártica es un acontecimiento normal durante el verano austral. Sin embargo, en los últimos tiempos se aprecia un aumento en ese proceso. Hasta ahora el récord en cuanto al tamaño lo conserva un iceberg descubierto en 1956, que medía más de trescientos kilómetros de largo y unos 100 kilómetros de ancho. A principios de 1995, una tormenta desintegró un vasto sector de la plataforma de hielo de Larsen, en la costa oriental de la Península Antártica, causando un desprendimiento de masas de hielo, incluyendo cientos de pequeños iceberg y un bloque de 70 km por 25 km que despertó la atención mundial. En los últimos años se aprecia un retroceso de los glaciares y han quedado al descubierto islotes que, hasta hace poco tiempo, estaban cubiertos permanentemente por el hielo polar.
¿Qué está sucediendo en aquellas distantes y gélidas regiones?
Como sucede con otros cambios en el clima de nuestro planeta, los investigadores enfrentan tres grandes desafíos. El primero es reunir información sobre los procesos de largo plazo en la evolución de las temperaturas en la Antártida. El segundo es desarrollar modelos confiables que les permitan separar las consecuencias de los procesos naturales de los resultados del impacto de la acción humana. No es una tarea sencilla porque el clima de nuestro planeta tiene su propia dinámica —o la tuvo hasta hace algo más de un siglo, cuando las emisiones de gases de invernadero causadas por la actividad del ser humano comenzaron a interferir con aquellas tendencias de largo plazo—. El tercer desafío es establecer con suficiente certeza las consecuencias potenciales de la interacción entre las tendencias de la naturaleza y las consecuencias de la interferencia del ser humano. La (mala) experiencia de las pesquerías en el Atlántico noroccidental, frente al litoral canadiense, demuestra cómo la conjunción de esos dos tipos de factores puede conducir a desastres ecológicos. En ese caso coincidieron una prolongada sobrepesca con un cambio en el clima regional. La consecuencia fue el colapso —que muchos consideran irreparable— de importantes pesquerías.
Los científicos del instituto antártico británico (British Antarctic Survey) consideran que la actividad humana tiene un impacto importante en el colapso de la plataforma de hielo adyacente a la Península Antártica. El cambio climático ya ha causado un aumento en la temperatura media durante el verano de más de dos grados centígrados en cuarenta años. El futuro incremento de los gases de invernadero en la atmósfera traerá consigo temperaturas más altas y un mayor retroceso de los glaciares.
Parece un cambio distante, pequeño y lento, pero la Naturaleza tiene sus propios ritmos y tiempos. Tarda, pero finalmente nos hace llegar la factura por nuestra arrogancia e imprudencia.