Las cartas de lectores publicadas por los órganos de prensa deben ser la herramienta periodística más interesante entre las que se generalizaron últimamente. Por la entusiasta participación de quienes antes eran destinatarios de un periódico (pero ahora también son remitentes), esas cartas inauguraron una relación más participativa -y por lo tanto más estimulante- entre los cronistas y los lectores. Entonces el diario no se limita a despachar material desde su Redacción, sino que además lo recibe desde el exterior, y por eso mismo su contenido se enriquece con el aporte de gente de afuera que puede tener un carácter, una formación, una edad, un origen, una sensibilidad, un perfil ideológico, un nivel cultural y un entorno social muy variado. Poco a poco, el público lector uruguayo ha ido venciendo la cortedad que le es típica, ha ido emergiendo del silencio o la pasividad que caracterizaban su condición de consumidor de textos ajenos, para atreverse a proponer sus propios textos -en este caso epistolares- quizás estimulado por la creciente cantidad de lectores que ahora escriben y que sin quererlo se convierten en un incentivo para que otros también se animen a establecer el nuevo diálogo que generan esas cartas.
Poco a poco, dicha relación dinamiza el intercambio entre la gente porque permite que las ideas vayan y vengan con otros bríos. De la misma manera, impulsa la autonomía de juicio al facilitar la doble circulación propia de un debate, porque quien lee la opinión volcada por un periodista, no está obligado a guardarse su discrepancia sobre ese punto de vista sino que ahora sabe que hay una puerta abierta para cuestionarlo o rebatirlo. Esa puerta es la de las páginas de cartas de lectores, cuyo ancho abanico de posiciones, temas, estilos y argumentos suele convertirse en un punto de atracción para quien toma hoy un diario en sus manos. Las viejas modalidades de la prensa, en que los juicios vertidos por los redactores parecían inapelables, fueron propias de un mundo donde sobrevivían grandes residuos de autoritarismo y una rígida estratificación de la sociedad, un mundo en el que ciertos símbolos y hasta rituales de antiguos regímenes autocráticos todavía seguían en pie. Para las sociedades más "horizontales" de hoy, que parecen auspiciar la llaneza de trato en la informalidad de los jóvenes y hasta en el tuteo entre desconocidos, la nueva modalidad de la prensa (que acoge y patrocina la intervención del lector a través del correo) forma parte naturalmente de esa democratización de las relaciones y esa atenuación de las barreras jerárquicas al hacer toda esa red de vínculos más permeable y por cierto también más amigable.
Para tener una idea de la riqueza de enfoques que suele encontrarse en las cartas de lector, conviene observar con qué matices y frecuentemente con qué ingenio esos emisores se lanzan a opinar sobre un tema que ocupa el primer plano de la opinión pública, desde asuntos impositivos o entretelones políticos hasta pormenores vinculados con la salud, la enseñanza o la economía. Hay muchos rasgos inesperados y algunos de sorprendente lucidez en ese arcoiris de aportes, como el del lector residente en Maldonado que tomó sus vacaciones en el balneario brasileño de Buzios y comparaba por escrito los niveles de limpieza, seguridad y mantenimiento del entorno entre un sitio y el otro. Con sesgo más dramático, un lector montevideano aludía a lo que ocurre en torno a su lugar de trabajo (alrededores de Florida, Soriano y San José, junto a la Plaza Independencia y a edificios de gobierno) porque desde cualquier ventana puede verse cómo los hurgadores hacen sus necesidades en plena calle. Luego, en toda la zona, pueden sentirse los olores correspondientes, "en el lugar por donde pasan todos los turistas que visitan Montevideo". Allí los espera algo más que el monumento a Artigas o el Palacio Salvo.
Gradualmente, el sonido coral, la procedencia múltiple y el eco dilatado de las cartas de lector van componiendo un mosaico que se parece al tejido social, con sus disparidades, sus altibajos, sus ocurrencias, autenticidades y claroscuros. Dentro de la compleja fachada de un diario -formada por tantas secciones, tantos aportes gráficos, tantas modalidades personales, tantos titulares- las cartas del lector ocupan el lugar de una ventana que nunca se cierra y por la que se cuelan otras brisas para ventilar y, a veces, arremolinar la atmósfera del periodismo, lo cual no es nada malo.