Es un mérito de este gobierno el haber dado participación a la mujer en distintos órganos de gestión. Las hay en buen número en el Poder Legislativo, y también en el Poder Ejecutivo y otros cargos de administración. Seguramente no se ha inspirado en el criterio de asignar cuotas por sexo -de por sí absurdo- sino en el de buscar a las personas con mejores aptitudes para desempeñar los cargos, que debe prevalecer en cada designación.
El resultado, tanto en imagen como en la gestión propiamente dicha de las señoras integrantes del gabinete, con mayor exposición pública, ha sido dispar. Quizá debería llevarse las palmas la Dra. Azucena Berruti que cuando estuvo al frente del Ministerio de Defensa Nacional más allá de algún error sin mayor trascendencia, lo hizo con sobriedad, marcando presencia y ganándose respeto. La actual Ministra de Cultura ha pasado un tanto desapercibida, pero se desempeña con discreción en una cartera en donde quien la precedió no le dejó por cierto nada preparado como para lucirse.
Marina Arismendi, comenzó muy mal en el Mides. Cuando el episodio de la fuga de los menores del INAU no quedó nada clara su intervención junto con el senador Lorier, y no quedó bien parada con aquella explicación del nombramiento del "amigovio" de la hija. Pero a partir de entonces pareció entender las ventajas de pasar desapercibida y hablar poco y lo necesario. Máxime cuando está en un cargo de alta rentabilidad política en donde debe tener relevada toda la nómina de beneficiarios del asistencialismo distribuido con tanta generosidad por un gobierno que confunde lo que debe ser un Estado solidario para con el necesitado, con un Estado derrochador de dineros recaudados de los bolsillos de trabajadores.
La Ministra del Interior es el símbolo de la ineficacia más desoladora del combate contra el delito, y eso es lo importante a destacar, sin perjuicio de recordarle algunas actitudes incompatibles con la imagen de autoridad y respeto que debe transmitir a sus subordinados y con la de ponderación y equilibrio para dar las garantías necesarias en un año electoral, que además se presenta como de peligrosa conflictividad social.
Y queda la Ministra de Salud Pública. Dicho sea con el mayor de los respetos, la Dra. Muñoz no ha mostrado las condiciones necesarias para generar simpatía y confianza en la sociedad. Hay que reconocer que le ha tocado en suerte el manejo de un Ministerio particularmente complejo, pero también que la Ministra no ha ayudado nada por facilitar su propia tarea. Ha vivido de conflicto en conflicto -llegó al extremo de quedarse quieta en un segundo plano cuando el propio Presidente la desautorizó al mediar él y decidir una enconada discusión salarial con médicos -, es arrogante y autoritaria. Será cuestión de modalidad, pero ahora por ejemplo, cuando se le pidieron explicaciones de porqué negaba el ingreso de la nueva tecnología PET (tomógrafo de emisión de positrones) fundamental para el tratamiento del cáncer, se empacó de tal manera que no logró dar un argumento convincente para justificar porqué primero esta tecnología tiene que entrar por el sector público.
La Ministra, dominada ni siquiera por preconceptos, sino por caprichos ideológicos mal entendidos, cree que los países progresan por el impulso estatal y que la iniciativa privada debe seguir a aquél. Vive en otro mundo. Y lo peor es que ha sido acusada de desubicada, de mentirosa, y de desinformar al pueblo, por parte de una de las instituciones interesadas en instalar el PET en el Uruguay. Si la Ministra se empecina en no atender razones, y si además miente para con ello negarle a la población -enferma y sin recursos para trasladarse a Argentina o Brasil en donde le tratamiento se hace- un instrumento fundamental para salvar su vida y mejorar su salud, estamos ante una situación gravísima. Nadie objeta que siga adelante el proyecto oficial, pero rechazar la posibilidad que mientras el mismo se lleva a cabo se pueda disponer ya de estos medios vitales para mejorar la atención de los enfermos graves, sin un argumento convincente, es poco menos que sublevante.
Es muy extraño esto que está sucediendo. No se trata de sugerir nada, pero cuando la necesidad es tan evidente y el rechazo a la solución es tan irracional, uno tiene derecho a preguntarse por lo menos en manos de quién estamos. Y por ahora.