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Reytoro. La banda del género más conocida del medio ataca con "Reytoro II".
SEBASTIÁN AUYANET
La banda de metal más visible del Uruguay continúa su crecida en su segundo disco de estudio. Reytoro II vuelve a explotar los clichés del género con lo que se precisa: volumen, fuerza y contundencia.
Si el legendario ex líder de Black Sabbath, estrella de reality en la MTV y para muchos padre del heavy metal Ozzy Osbourne pasara una temporada en Montevideo, tendría que ir a ver un recital de Reytoro. De ser posible eso, el hombre probablemente dedicaría un gesto paternal de aprobación al cuarteto liderado por la rasposa voz de Fabián "Chupete" Furtado. Con ellos, su legado está a salvo aquí.
Si bien ni Ozzy ni Furtado están para arrancarle la cabeza a un murciélago a esta altura de sus vidas, su característica es la apropiación, con conocimiento de causa y fanatismo, de elementos que forman parte del imaginario metalero más conocido; desde la estética sonora hasta la visual. Y aunque con seguridad cualquier integrante de esta banda podría enumerar los subgéneros en los que el grupo se adentra -el metal los tiene por decenas-, no hay una preocupación por ser "Black metal", "Death metal", o "Speed metal". Lo de Reytoro es ir a la raíz más pura de su identidad musical, esa que se encuentra en la frontera de los años 60 y los 70, entre las islas británicas y los EE.UU.
Reytoro II, continuación de su aventura en el estudio iniciada en 2003 e interrumpida por un disco en vivo editado hace un año, mantiene esa línea. Por sus letras y conciertos deambulan mujeres oscuras y sexies, muertos vivos, zombies, brujas y textos apócrifos como el Necronomicon, mencionado en la literatura de H.P. Lovecraft y que aquí da nombre a un tema. Todo eso como parte de una visión apocalíptica que el grupo presenta mezclando leyenda y actualidad.
En lo musical, Reytoro II tiene lo que hay que pedirle a un disco así: una aplanadora de riffs que golpean, solos pirotécnicos, gritos y volumen. El grupo lo aplica al pie de la letra con una base de sonido compacta y sólida, ganada en años de escenario.
Todo eso se mantiene en este disco. Los postulados apocalípticos emergen en la fábula Me está matando y en Makina y Revolución. En otros, como Criminal Rey, Furtado se apropia de la canción Criminal mambo (de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota) para contar una historia de violencia televisada.
En esa canción reaparece una intención que se desmarca del tradicionalismo. Sintetizadores y teclados acompañan la canción y motivan una especie de trance que escapa algo a los lugares comunes de su música. Ya lo habían intentado en otro momento con la versión de Policy of truth, de los electrónicos Depeche Mode. De todas formas, la contundencia "hitera" del grupo se revela en la casi balada de ceño fruncido Sin querer -un acústico que recuerda a los argentinos de Almafuerte pero que termina en una tormenta de distorsión- y alcanza su punto máximo en Caminando, en una letra que también hace recordar al "Indio" Solari y sus redondos. Es el tema que confirma que no sólo saben hacer música para "headbangers" o "metalheads" ni se queda en esa posición tendiente al gueto de muchos otros grupos del mismo estilo.
Reytoro ha tocado dos veces en el Pilsen Rock -una de ellas cerrando una fecha-, y es el único grupo de metal al que ha mirado el sello Bizarro, uno de los que trabaja con más artistas masivos dentro del rock local. No es casualidad, ni tampoco una fría movida calculadora. Quizá el motivo más acertado sea que poseen un repertorio sólido y que, siempre junto y a partir de sus huestes, puede progresar hacia oídos menos incondicionales hacia el género.
Como una Mala Rodríguez más aflamencada y menos peleadora, es la próxima española candidata a ser imitada en discotecas locales al ritmo de las palmas. Aunque contagiada de los vicios de ambos géneros, canciones como Suerte arrancan alguna mueca de interés.
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