¡Altas mareas!

RIcardo Reilly Salaverri

Cuando la marea está alta no se ven las rocas. Pasa a las personas, a las familias, a las empresas, a los pueblos, que cuando los hados vienen favorables hasta dificultades importantes se pierden de vista.

Pertenecemos a un país al que el mundo no conoce, lo que no obsta a que nos sintamos ombligo del planeta. Y al que le faltan huracanes, volcanes, terremotos y guerras, calores extremos, humedades insoportables y fríos polares.

Carecemos de petróleo, lo que no deja de ser una suerte si administrásemos bien nuestras posibilidades energéticas, y producimos manufacturas, carnes, granos, maderas y servicios. Entre éstos destacan los puertos comerciales, las actividades financieras y el turismo.

Tenemos una población homogénea lo que nos distingue del resto de América Latina, en la que fundamentalmente el factor indígena está presente con realidades severas. Y, desconocemos problemas raciales y religiosos, como los que se viven -incluso- en los Estados Unidos de América y en el superpoblado centro y sur de Europa. Son puntos a favor.

Nunca en la historia del país se vivió un tiempo de recibida prosperidad como el que conocemos desde el año 2004 en adelante.

Antes habían sido "las siete plagas de Egipto", encabezadas por la aftosa que clausuró por dos años nuestras exportaciones de carne y el "corralito" argentino, que marcó al año 2002, como una maldición del Cielo, que hizo que se destruyesen la inversión, el empleo, las exportaciones, el turismo, la superación de la pobreza y que aumentasen exponencialmente la miseria y la emigración.

Cuando el juicio de la Historia sea el que corresponde, el Dr. Jorge Batlle habrá ganado un lugar como capitán de tormentas. Supo superar las álgidas dificultades, de sin igual crisis, a lo que contribuyó, ¡horror!, la decisión amistosa y la mano que nos brindó el gobierno norteamericano que encabezaba el presidente Bush.

Y, la bonanza palpable que se vive, debería materializarse en mejor educación, menos burocracia, mayor inserción del país en el mundo del conocimiento, incremento de las exportaciones en el marco de una política exterior independiente y consolidación de la seguridad pública convertida en dramático, brutal y cotidiano desastre. También, en la caída sostenida de la pobreza, que nace -justamente- de la ignorancia.

Lo mejor de nuestra buena fama que se extiende entre quienes nos conocen, fue ganada por generaciones de uruguayos y gobiernos, que desde la Independencia, consolidaron lo mejor que la república tiene.

Es hora de encuentro. El verano de por sí no es en estos lares tiempo propicio para generar fechas patrias.

Pertenezco a una columna nacional filosófica y política, que tiene sus banderas, sus valores, sus convicciones, y por lo mismo sus discrepancias con otras distintas, lo que no es obstáculo para el encuentro colectivo en la defensa de la Democracia y del Estado de Derecho. Piedra fundamental del progreso intelectual, moral y material.

De cara al 2010 al pueblo nuestro: muchas ¡buenas mareas!

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