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Rodolfo Sienra Roosen
Impera la ley de la selva. Los medios de comunicación informan todos los días rapiñas y homicidios. Este servidor sabe lo que es llegar a su casa y verla dada vuelta. Desgracias con suerte piensa uno para consolarse, porque en el momento del asalto no había nadie, pero no es agradable.
Si alguien quiere tener una atención conmigo, por favor que sean bienes fungibles. Nada de relojes de lujo o lapiceras de marca, porque rara vez -diría que nunca- las uso. Es probable que las pierda, pero mucho más seguro es que me las roben. Entonces, salgo con relojes descartables o de poco valor, y bolígrafos de plástico, que sirven para lo mismo. Las pocas cosas de valor que tenía las guardaba en casa, en donde hasta ahora creía que era el lugar más seguro, pero me las llevaron. La otra alternativa es tenerlas en un cofre fort de un banco, pero es bastante incómodo y solo será para regocijo de mis sucesores, cuando ya no esté en este mundo.
El seguro no es consuelo. Se puede asegurar una computadora, una televisión, un equipo de música, un cuadro, y hasta ropa, pero para que se reponga su valor hay que individualizar bien los objetos. Ese seguro cuesta un ojo de la cara, y no son todos los aseguradores los que pagan. Hay que conformarse con lo que le den, si le dan.
Son muchos los atentados que no trascienden porque no se denuncian.
Veamos un hecho de ocurrencia reciente. NN. un hombre de edad, digamos que madura, al bajarse de un ómnibus a las cuatro de la tarde en una esquina de una cuadra en la que opera un prestigioso supermercado, siente que alguien que baja por detrás suyo le mete la mano izquierda en el bolsillo derecho del pantalón, en donde no tenía nada. En el izquierdo llevaba poco dinero. La víctima del frustrado hurto, sostenía con su mano izquierda apretados contra el pecho, una carpeta y la edición de El País. El punguista, tropezó, quedó en cuatro patas -es la palabra apropiada- y giró encarando al que se había salvado del robo, pero no sabía qué podía venir después. Éste midió al delincuente, un mulato, no muy corpulento, joven, y cuando le vio dar un paso adelante, le dio una trompada en el pómulo y lo aterrizó. Enseguida el hombre cometió dos errores: acercarse al que se estaba levantando del suelo, tomándose con la mano izquierda la cara; y no soltar sus papeles y su diario. El ladrón agredido entonces giró, tiró un codazo que dio en el parietal izquierdo del otro muy cerca de un ojo, y salió disparado hacia el policía del supermercado que salía a ver qué pasaba, y algo le dijo, para de inmediato acelerar el paso y hacerse humo.
El policía entonces fue hacia el otro, y le recriminó haber golpeado a un menor. ¿Y cómo podía saber el que pegó de reflejo, por instinto, si era menor o no? ¿Le iba a pedir la cédula antes de fajarlo? Y agregó: "y la próxima vez, denuncie, para eso estoy yo". ¿Denunciar para qué? Para exponerse a perder días en vueltas arriesgando todavía a que le imputen maltratar a un menor?
¡Por suerte, ahora vienen a protegernos los tupamaros!
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