Pablo Da Silveira
La gestión educativa del actual gobierno está terminando. Lo que queda es agotar el calendario de exámenes, transitar el receso veraniego y traspasar responsabilidades a quienes las ejercerán en el próximo quinquenio.
Esto significa que llegó la hora del balance: ¿qué resultados ha obtenido la administración saliente? ¿Cuáles han sido sus logros y fracasos?
Lo primero que hay que decir es que estamos ante la administración educativa que dispuso de más dinero en toda la historia del país.
Durante el gobierno del presidente Vázquez, el presupuesto educativo llegó a los 1.500 millones de dólares. Eso es tres veces más de lo que se gastaba durante el gobierno del presidente Batlle.
Es verdad que el valor del dólar no es el mismo, pero aun así el aumento ha sido mayúsculo.
¿Qué fue lo que se consiguió hacer con todo ese dinero? La triste verdad es que muy poco. Los dos principales problemas educativos que el país enfrentaba hace cinco años siguen estando allí, y a ellos se ha sumado uno nuevo.
El primero de esos problemas era que nuestra enseñanza estaba generando exclusión e iniquidad.
El actual gobierno denunció repetidamente el hecho, pero casi no logró avances.
Las tasas de repetición (que golpean principalmente a los más débiles) no disminuyeron en primaria ni en la enseñanza media.
La deserción en secundaria sigue siendo el mismo flagelo que nos distingue (negativamente) a escala continental. La cobertura del Bachillerato se deterioró.
Esto se debe, al menos en parte, a que las autoridades se esforzaron por atraer desertores a cualquier costo, en lugar de tratar adecuadamente a quienes todavía estaban dentro del sistema.
El segundo gran problema tenía que ver con la calidad de los aprendizajes: cuando nos concentramos en quienes asisten a clase, encontramos que aprenden muy poco.
Esta dificultad existía hace cinco años y sigue existiendo hoy. Los datos proporcionados por la prueba internacional PISA indican que nada esencial ha cambiado.
Algunos voceros del gobierno que termina intentaron magnificar la significación de algunas leves oscilaciones en las cifras, pero todos los análisis serios coinciden en señalar que son insignificantes.
Esta persistencia de los problemas de calidad se explica, al menos en parte, por el fracaso en mejorar el funcionamiento de los centros de estudio.
El ausentismo docente, que se ha convertido en un mal endémico de la enseñanza secundaria, no disminuyó a pesar de la significativa mejora en las remuneraciones.
En estos cinco años no hemos mejorado en términos de equidad ni de calidad, pero hemos agregado un problema extremadamente grave: el estallido de la violencia.
El deterioro de las condiciones de convivencia en los centros de enseñanza ciertamente había empezado antes, pero por primera vez en nuestra historia fue necesario clausurar algunos centros de estudio para poner fin a situaciones de descontrol.
Este gobierno cometió el error de pensar que el aumento del gasto educativo era un fin en sí mismo, pero eso es falso.
De poco sirve el dinero si no se lo usa para impulsar políticas eficaces.
Ojalá que el nuevo gobierno entienda este punto.
Si no lo hace, tendremos contribuyentes todavía más pobres y alumnos peor atendidos.
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