Gabinete de unidad

Washington Beltran Storace

El tema electoral quedó definitivamente laudado en forma clara y categórica. Y también quedó muy claro cómo será el escenario político: el gobierno será encabezado por José Mujica y su vicepresidente será Danilo Astori, tendrá mayorías absolutas en ambas Cámaras del Parlamento, lo que le asegura el control del Poder Legislativo con excepción de los casos en que la Constitución exige mayorías especiales. Eso lo decidió el pueblo, en pleno goce de sus derechos ciudadanos y en comicios ejemplares, una maravillosa tradición uruguaya que ni siquiera la dictadura alteró. Pero también contará con el apoyo incondicional del militante aparato sindical que encabeza el frustrado candidato a diputado por el Partido Comunista en Canelones, Juan Castillo y tendrá el control de la enseñanza pública, ya sea primaria, secundaria o la Universidad.

Es, sin lugar a dudas, una concentración muy grande de poder, que puede extenderse si no se construyen puentes desde y hacia la oposición, que permitan a las minorías existir, actuar, ser respetadas e integrarse.

Todos hemos visto con preocupación cómo se ha polarizado la sociedad uruguaya, tal vez más en el imaginario que en la realidad, pero que es cierta, ha tomado cuerpo y es dañina; que se ha perdido la noción de "compatriotas" que a todos debería unirnos y enorgullecernos. El mismo día del final de la temporada electoral escribí que ese era el gran desafío del futuro presidente. No había escuchado el discurso de Mujica en el Hotel Columbia. Lo leí con mayor tranquilidad de espíritu el día siguiente y la verdad es que de sus palabras surge que hay un claro propósito de marchar en esa dirección.

Para Mujica también existe esa dicotomía y de ahí que utilizara la vieja frase que selló el Pacto de la Unión al término de la Guerra Grande con un "ni vencidos ni vencedores". Nada que ver con aquella con que la entonces senadora colorada Alba Roballo saludó el triunfo nacionalista de 1962: "a los blancos, ni un vaso de agua". Y sin embargo, ¡cómo corrió el agua bajo el puente desde entonces! Aunque se pagó muy caro.

Doy por indiscutible la presencia de la minoría en la integración de Entes Autónomos, Servicios Descentralizados del Estado y otras dependencias -como la Junta Anticorrupción- que han alcanzado una importancia muy grande. En todos. Como también que se procederá a una nueva integración de los organismos de contralor (Tribunal de Cuentas de la República, Corte Electoral) para que se respete el mapa político del país. Los principios republicanos no hacen distingos de Partidos: son tan válidos para unos como para otros.

Pero también voy más lejos. Pienso que es necesario desmitificar la virtualidad de una nación dividida, que todos asuman conciencia de que vivimos en el mismo país y que tenemos el gobierno que la mayoría eligió. Pero que los derechos de todos son tan válidos como los de aquellos que numéricamente han sido más y serán respetados por igual.

Está en el aire la posibilidad de ofrecer a la oposición cargos en el gabinete ministerial. Lo dijo Mujica, lo dijo Astori, lo dijo el presidente Vázquez y la ciudadanía lo reclama. El tema no es sencillo a primera vista, porque para ello se necesitan acuerdos políticos. Pero ¿es tan difícil lograr una base mínima de coincidencia política? ¿No nos podremos poner de acuerdo en temas que son fundamentales para todos los uruguayos y buscar solucionarlos con el consenso de todos los uruguayos? Las discrepancias que se planteen ¿serán tan profundas? Allí está el ejemplo de este gobierno que mostró opiniones dramáticamente enfrentadas en un tema filosófico, moral, religioso y hasta científico de enorme trascendencia, que hace al derecho a la vida de un ser humano, como es el de la despenalización del aborto, ¿hubo alguna crisis porque se manejaran convicciones diferentes?

Desde esta columna -y hablo como oriental y blanco- aspiro a que ello se haga realidad. De que nuestro sistema político dé un formidable ejemplo de madurez a la sociedad y reafirme que los uruguayos podemos buscar coincidencias y apostar a lo que nos une y no deleitarnos o resignarnos a enarbolar las banderas de lo que nos separa. ¿Es tan difícil hacer el intento? Me dirán que está condenado al fracaso, que las diferencias ideológicas o las incertidumbres que envuelven al nuevo gobierno auguran un desenlace de frustración. Puede ser ¿y si no es así? ¿Por qué empezar a escribir el futuro si aún no sucedió y, de repente, tampoco suceda? La unificación definitiva de este país, la transformación en realidad del "ni vencidos ni vencedores", ¿no amerita un esfuerzo?

Si la realidad luego muestra que esa convivencia es muy difícil de llevar porque las incompatibilidades son muy grandes, quedará la tranquilidad de saber que, de frente y cara, se buscó transitar el camino común. Y que si en esta primera vez no se logró en los hechos, sí se alcanzó en el espíritu, y el muro -imaginario o no- perdió varios cascotes.

Hay una hermosa frase de Martin Luther King, sobre la que cabría reflexionar: "si supiera que el mundo se acaba mañana, yo, hoy todavía, plantaría un árbol".

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