La vida de los otros

Ricardo Reilly Salaverri

No hace mucho bajo el auspicio de las autoridades de la enseñanza pública podían verse en televisión oficial, monótonas charlas dictadas por docentes, cuya chatura era inversamente proporcional al cúmulo de falsedades y medias verdades que contenían.

Son los formadores de la juventud uruguaya.

Es desgastante a esta altura de la vida y del mundo permanecer arraigados en un debate ideológico que perdió universalmente sentido, el que no obstante tuvo y conserva vigencia en nuestro país. En el que claman por los derechos humanos, personas legítimamente doloridas y sinceras, pero también oportunistas políticos, agitadores y organizaciones que si algo querían era conculcarlos siguiendo el ejemplo de la Unión Soviética, de sus satrapías títeres, de la isla de los hermanos Castro, de la China de Mao y de tantas otras cárceles gigantes y centros de horror y genocidio que pulularon y pululan por el planeta.

La cuestión enraíza en el totalitarismo. Que comprende a diversas manifestaciones políticas de la vida moderna, orientadas a ubicar al ser humano como un engranaje dentro de una máquina controlada por el Estado y manejada por una oligarquía de burócratas, que en nombre de idealidades inexistentes, no dejan intersticios para la privacidad, ni para la toma de decisiones que hacen a aspectos elementales de la individualidad, de la familia, del arte y del trabajo.

La Libertad es indivisible, y cuando se le agrede intelectual o moral o económicamente o socialmente en una de sus partes, se le está hiriendo en su totalidad.

La caricatura mussoliniana del venezolano Chávez, inspirado titán que alimentado por el petróleo y con billetera fácil, va en pos del socialismo del siglo XXI, arrasando paso a paso con las libertades públicas, apropiándose de las empresas y de la prensa, de la opinión y de la oposición, es versión folclórica y caribeña de proyectos actuales que ilustran sobre esa indivisibilidad de la Libertad.

Notoriamente, al tratar sobre el totalitarismo suelen ubicarse dentro del género al nazismo, al fascismo y al comunismo. Y, contemplar la realidad histórica inmediata que uno conoce, es ver que muchos intelectuales y artistas y religiosos y personas con acervo cultural, en el ayer cercano y aún hoy, fueron y son creyentes del credo de la intolerancia, iluminados ante lo que sienten camino de reivindicación de la especie humana.

Para quienes creímos y creemos en la natural potestad de pensar y actuar de todos, en la discrepancia como fuente de enriquecimiento de la idea y el hacer humano, comprender lo anterior es difícil.

Y, nos cuesta olvidar que para establecer una dictadura socialista y totalitaria, fue que padecimos desde el siglo pasado la escalada comunista y la agresión subversiva.

Hoy, la película alemana "La vida de los otros" es testimonio elocuente de la vida de intelectuales y artistas bajo el régimen del socialismo real.

Controlados día y noche hasta en sus más íntimos gestos, como cualquier otro ciudadano, por la policía secreta. Parte de un propósito que no tenía proyectado un término, porque trataba de la construcción al infinito del socialismo, brutal intención a la que sepultó para siempre la mítica caída del Muro de Berlín.

Todos los totalitarismo son iguales en su esencia. Este testimonio vale para todos. Pero, no está de más, tener presente que su escenario fue la Alemania, democrática, popular, comunista y socialista.

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