"Con divisa blanca"

RUBEN LOZA AGUERREBERE

Javier de Viana fue, como diría Borges, muchos hombres. Y esencialmente, el dueño de un alma entusiasta y altiva. Como periodista de pluma envidiable, dejó su sello en las páginas de "El País". Fue también hombre de campo; un estanciero que acabó en la pobreza.

Militante político, se enroló en las filas revolucionarias del Quebracho y en 1904. Y, como escritor de temas campesinos, es uno de los pocos autores uruguayos que ha visto algunas de sus obras literarias convertidas en prototipo de temperamentos y de hombres. Se cumplen ochenta años de su muerte.

Javier de Viana había nacido en "Villa de Nuestra Señora de Guadalupe", hoy Canelones. Ello sucedió el 5 de agosto de 1868. Así está documentado en la Partida 384, inserta en folio 136, del Libro 12 de Bautismos, de aquella parroquia. En esas páginas se deja constancia de que el niño, que era hijo de Joaquín de Viana y de doña Desideria Pérez ("naturales del país y vecinos de esta Villa"), fue bautizado por el Presbítero Andrés Bañati.

Javier de Viana contaba que hasta los once años vivió en la estancia paterna "sin ninguna contaminación con el ambiente de los poblados, chicos o grandes". Y decía: "No sabía leer en los libros, pero sabía hacerlo en la naturaleza, y cuando me enviaron a la capital para iniciar los estudios elementales mi alma iba imbuida de inmenso amor a lo bello, a lo noble, a lo fuerte y a lo justo".

La vasta obra de Javier de Viana se nutre de una gran cantidad de cuentos cortos, de novelas emblemáticas tales como "Campo" y "Gurí", y además dos entrañables títulos. Uno de ellos, es "Crónicas de la Revolución del Quebracho". El otro, "Con divisa blanca". En las páginas de esta obra espléndida, recoge: "una dolorida y heroica circunstancia", como escribiera el Dr. Enrique Beltrán, en el prólogo de la publicación de esta otra entrañable realizada por "Ediciones de la Plaza".

Fue un conocedor profundo de cuanto sucedía en su época. Definiéndose como escritor naturalista y realista, sus escritos tenían rasgos modernistas. Pintó al gaucho con vigorosos trazos, creando personajes definidos y hasta simbólicos, en historias imaginativas y escritas con una prosa de aparente sencillez, que fluía como el agua. Y, tras sus huellas, se formaron luego escritores como Juan José Morosoli, como Santiago Dossetti y Francisco Espínola, quienes dieron un "estremecimiento nuevo" (decía Alberto Zum Felde) a nuestras letras. Lo hicieron hablando desde una óptica diferente: observando desde otro ángulo la figura del gaucho, que se había convertido en el paisano, "el hombre de a pie", al decir de Morosoli.

Los personajes de estos autores "novísimos", entonces, estaban radicados en las pequeñas poblaciones, asentados, ya, empequeñeciendo el horizonte de aquellos trotadores sin fronteras.

Enfermo, pobrísimo, Javier de Viana murió en La Paz, el 5 de octubre de 1926, a los cincuenta y ocho años. A partir de aquel día, sus personajes comenzaron a trabajar por su memoria.

Hoy es un clásico de nuestras letras. Un autor al que enriquecen los años, a pesar de mantos de olvido. Por eso vale la pena regresar a sus libros. Por él y por nosotros, a quienes puede enriquecernos con las pasiones de sus seres, que fueron de una época y de un tiempo. Los que pintó eran hombres un poco rudos, templados en la soledad, y dueños (como diría Borges) de un solo lujo: el coraje.

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