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JUAN ORIBE STEMMER
En la brega electoral es fácil olvidar que existe algo que se llama "el día después de las elecciones". Cuando los adversarios de ayer deberán ponerse de acuerdo para llegar a las convergencias que pongan en marcha el país rumbo a su futuro. Y ese retorno a la prosaica realidad incluirá continuar con la delicada tarea de llevar adelante las relaciones internacionales con nuestros vecinos. Especialmente con la República Argentina (con la cual, no debemos olvidarlo, tenemos pendiente un pleito ante la Corte Internacional de Justicia). Se necesitará un esfuerzo de paciente buena voluntad para lograr una convivencia constructiva, a la cual estamos destinados por la geografía, obligados por nuestros intereses, mandatados por la historia e impulsados por nuestros afectos.
Sería un gran aporte si los gobernantes de nuestro país y los aspirantes a serlo, aplicasen estrictamente el principio de no emitir opiniones sobre asuntos internos que les compete a los argentinos.
Por varios motivos. Incluyendo que todas las comparaciones son odiosas y que abstenerse de ellas, en este caso, ayudaría a mantener la armonía en este pequeño barrio del planeta. También deberíamos reconocer, en un raro momento de introspección, que algunas de las opiniones difundidas desde los altos niveles de nuestro país sobre los aconteceres argentinos no se han caracterizado por su sutileza y discernimiento. Quedamos mal al hacerlas, en cuanto a la forma y al fondo.
Existe otra buena razón para abstenerse.
Por ejemplo, el candidato frentista, justificó algunas de sus reflexiones sobre la política al otro lado del Río de la Plata, sosteniendo que "lo que levanto es lo que dice el pueblo argentino. Dicen que ellos serían Canadá y que la culpa de que no sean Canadá la tiene el sistema político".
Los dos países tienen más o menos la misma población: Argentina 39,5 millones de habitantes y Canadá 32,9 millones.
Los dos son grandes exportadores de productos agropecuarios y comenzaron a desarrollarse más o menos en la misma época. Pero, el Producto Bruto por habitante de la Argentina (10.203 dólares) es menos de un tercio del de Canadá (36.687 dólares). El valor del comercio exterior por habitante -que mide la inserción de la economía en los mercados mundiales - es de 2.520 dólares por habitante en el caso argentino y de 27.134 dólares en el caso del Canadá. Esas diferencias en las economías se reflejan en los demás aspectos de la vida social.
Por algo, mientras que Canadá se encuentra en el cuarto lugar en el Índice de Desarrollo Humano elaborado por el PNUD, la Argentina ocupa el puesto 46.
Y por casa ¿cómo andamos?
No es razonable compararnos con Canadá, pero sí con Nueva Zelanda.
La población de Nueva Zelanda es de 4,2 millones, similar a la nuestra (3,4 millones). Los dos somos países pequeños que se desarrollaron como exportadores de productos agropecuarios para los mismos mercados distantes.
Pero, el Producto Bruto por habitante que tiene Nueva Zelanda es el doble que el de nuestro país (25.260 dólares por habitante contra 10.203 dólares). En el caso de Nueva Zelanda el valor del comercio exterior por habitante es de 15.981 dólares y en el del Uruguay es de 3.507 dólares.
La consecuencia de estos y otros factores es que Nueva Zelanda se encuentra en el lugar 20 del Índice de Desarrollo Humano y nosotros en el lugar 47.
Al lado de nuestros vecinos.
"Las comparaciones pueden volverse contra quien las realiza, como lo demuestran ciertos dichos sobre la Argentina en la campaña electoral".
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