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ÁLVARO CASAL
Tal vez seducido por relatos de Hemingway y algunos otros narradores, cuando joven me dedicaba a la caza. Solía viajar con varios rifles a cuestas y perforaba mamíferos, reptiles y aves. Hasta pesqué a tiros. A cada víctima le aplicaba una bala y ello derivó en, por ejemplo, una alfombra de piel de ciervo y otra de caimán. También en diversas comidas más o menos intragables, como ser patos que a pesar de largas ebulliciones seguían siendo oscuros, duros y correosos. Venados y carpinchos resultaron ser, asimismo, platos demasiado fuertes: el caucho a la cacerola habría sido menos insoportable.
Si hubiera seguido en aquella actividad, probablemente habría llegado a matar osos en Alaska, tigres en India y leones en África. Pero en lugar de interesarme más y más, lo cinegético me fue interesando menos y menos. Cada animal que tumbaba era un "tirón en medio del alma", una sensación de melancolía que avanzaba.
Finalmente, un día me di cuenta que no cazaba ni cazaría más. Así de sencillo. En forma paralela empezó a gustarme observar los animales salvajes en libertad, correteando, volando, nadando o arrastrándose en su habitat natural.
En ocasiones experimentaba con ellos pero de forma incruenta: cierta vez con dos amigos subimos a un árbol y en un descuido de un águila nos llevamos un pichón del nido. Lo criamos con todo el cariño que puede soportar un aguilucho. Hasta que un día, viendo la ventana abierta, el aguilucho se fue volando, un poco malhumorado por tener que surcar aires tan urbanos.
También conocí a Cancelo, que allá por la década del setenta, cuando muchos creían que no había más pumas en el Uruguay, halló un cachorro y lo crió con tanto afecto que la fierecilla domada lo seguía a todos lados como si fuera un perro obediente.
Todo esto viene a cuento en momentos que las biólogas Jessica Castro y María José Andrade, acaban de presentar fotos tomadas a relativamente raros ejemplares de fauna autóctona. Raros pero reales y que demuestran que todavía pueden sobrevivir muchos otros como ellos. Zorro perro, zorro de las pampas, guazubirá, gato montés, margay, tatú, tatu peludo, comadreja mora, carpincho, zorrillo, mano pelada, coatí, hurón y lobito de río son algunos de los mamìferos detectados.
Evidentemente que hay más, allí donde exploraron, en los bosques nativos de las quebradas del norte, así como en otras áreas del territorio nacional. Ya brindan algunos indicios sobre esto, sus encuentros con ejemplares de especies introducidas años atrás, como jabalíes y liebres (no mencionan al ubicuo gorrión).
Asiste razón a estas exploradoras al decir que la población uruguaya tiene "escaso conocimiento y por lo tanto una falta de valoración de la biodiversidad". Algo que lleva a que en nuestro país "son casi inexistentes los estudios científicos a largo plazo dirigidos a estudiar las poblaciones y comunidades de nuestra fauna y flora nativa". Bienvenidas pues las indagaciones de Castro y Andrade sobre patrimonio natural nacional.
Por mi parte, me siento un poco como el coleccionista a quien un periodista quiso entrevistar. El cronista ubicó al hombre, pero éste vivía en una casa que no contenía objetos coleccionables. No había nada. Sentado en un sillón, frente a un gran ventanal, explicó: "ahora sólo colecciono atardeceres".
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