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Juan Oribe Stemmer
La situación política en nuestra región se complica. Como lo indican las ríspidas relaciones entre Colombia y Venezuela. Sin embargo, en este momento el "barril de pólvora", para utilizar una gráfica frase del vicepresidente de Nicaragua, se encuentra en Honduras (aunque esto no significa que esas dos situaciones no tengan un denominador común).
Las causas inmediatas del golpe de Estado en Honduras son conocidas.
El presidente constitucional, Manuel Zelaya, intentó realizar un plebiscito informal cuya finalidad era impulsar una reforma de la Constitución para introducir la posibilidad de la reelección presidencial. La propuesta causó controversia y despertó la oposición del propio partido político de Zelaya, del Congreso, el Tribunal Electoral y el Poder Judicial. El desenlace fue que el ejército apresó a Zelaya en la mañana en que se iba a realizar la consulta informal y lo puso en un avión rumbo a Costa Rica. El Congreso designó al presidente del Congreso Nacional, Roberto Micheletti como nuevo presidente de Honduras.
Desde entonces los dos bandos han intercambiado acusaciones de violación a la Constitución. A Zelaya se lo acusa de atentar contra la Constitución al embarcarse en una consulta popular no prevista en aquélla para conseguir su reelección, que tampoco está prevista. Los partidarios de Zelaya acusan al actual gobierno de golpista. No es una situación típica.
El ex presidente Zelaya inmediatamente se embarcó en una intensa campaña política para recuperar el poder. En esa empresa obtuvo el apoyo de la Asamblea General de las Naciones Unidas, la Unión Europea, la OEA, los demás gobiernos latinoamericanos y los Estados Unidos.
Como señaló la declaración aprobada por el Senado de nuestro país, la condición fundamental para solucionar la crisis es el "inmediato retorno del presidente electo".
En Costa Rica, Óscar Arias, quien actúa como mediador entre ambos bandos hondureños, puso énfasis en ese hecho, cuando explicó a El País internacional que había sido "el primero en lamentarse del golpe de Estado y en exigir el restablecimiento de Zelaya.
Cualquier acuerdo pasa por restituir a Zelaya como presidente de todos los hondureños". La Casa Blanca ha expresado que solamente reconoce a Zelaya.
La clave, entonces, no se encuentra en el objetivo final (restablecer al presidente elegido democráticamente) sino en el procedimiento para conseguir tal resultado.
Aquí es donde emergen diferencias fundamentales.
Por una parte se encuentran los partidarios de ayudar a que los hondureños encuentren una solución pacífica a la crisis mediante concesiones recíprocas. Estos países apoyan la mediación del presidente de Costa Rica, Óscar Arias. Por la otra, se encuentra un pequeño grupo, cuyo miembro más conspicuo es Venezuela, que se ha opuesto a la mediación y que exige el retorno al poder sin condiciones de Zelaya.
El presidente Chávez ha denunciado que la mediación es una estratagema de los Estados Unidos "montada desde el inicio del golpe" con el fin de conducir al ex presidente a la rendición.
Afortunadamente, Zelaya parece haber elegido su propio camino. No sólo aceptó el Acuerdo de San José, sino que también acaba de tener una reunión de casi cinco horas en la capital de Nicaragua con el embajador de los Estados Unidos en Honduras y otros funcionarios diplomáticos de ese país.
"Esta semana el gobierno hondureño deberá resolver sobre el Acuerdo para la reconciliación nacional propuesto por el presidente Óscar Arias".
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