Rodolfo Sienra Roosen
Artigas nunca es tema suficientemente trillado para los uruguayos. Sobre el traslado de sus restos, continuaremos aportando opiniones. En este caso la del senador Sergio Abreu en la sesión del Senado del 22 de julio en que se trató el asunto y dio una clase.
Abreu comenzó aclarando los conceptos de museo, mausoleo y panteón, que Vázquez debió ponderar antes de proponer exponer una urna con restos humanos en un museo, lo que ahora se reconsidera. La decisión será una de las últimas de un gobierno que se va y que quiere dejar como recuerdo su obra de refundación de la patria. Ya le tomamos los puntos. Argumentar que el mausoleo fue obra de una dictadura es ridículo. "Creo que la mejor manera de construir un país" -dijo Abreu- no es arrastrar todos los días las penas, los resentimientos y los dolores que en el pasado nos enfrentaron". Y coincidiendo con Gallinal, aludió a alguien que citó a Wilson como contrario a la idea del mausoleo, señalando el mal gusto de citar a una personalidad por una opinión aislada, en vez de respetar su memoria en todo. Pensamos en un advenedizo que se pasó del nacionalismo al Espacio 609, un pastelero político cualquiera.
De lo que Vázquez conoce poco o nada, es de la historia nacional, de Artigas y su pensamiento.
Abreu habló de la complejidad de nuestro proceso histórico. Mencionó el rechazo de Artigas a la invitación de Rivera para que volviera a un Uruguay consolidado como Estado soberano y que ello se debió a que su concepto de Estado no coincidía con la visión unitaria e independiente de su Banda Oriental.
Esa complejidad nos hizo padres del federalismo argentino, pero amputados en un Estado diferente. Antes de movilizar sus restos nos debemos una discusión seria sobre las ideas y el pensamiento artiguista. ¿Hubiera querido Artigas la Independencia? Muchos dicen que no, con la honrosísima excepción de Arturo Ardao, que al firmante de esta nota le hizo poco tiempo antes de morir el tan grande como inmerecido homenaje intelectual de mantener un riquísimo intercambio epistolar sobre el tema.
Esa correspondencia culminó con lo que para nosotros es quizá la mayor distinción recibida en este oficio, cuando nos envió, dedicados, dos libros en los cuales el gran historiador aporta elementos de convicción importantes para sustentar el afán independentista de Artigas, reflejado en las Instrucciones del Año XIII y en el Reglamento de 1815.
Pero volviendo a la exposición de Abreu, éste hace notar que el Prócer no volvió a Montevideo, que su radicación fue al Norte del Río Negro, en el corazón de las estancias misioneras, y que desde allí concebía y miraba la Patria Grande. Y pensar que algunos lo comparan y aún lo subordinan a Bolívar, olvidando que éste era monárquico, mientras que Artigas, republicano y federal, luchaba por la libertad que para él era sinónimo de integración social del gaucho, con el mestizo y el indio.
No exactamente con las mismas palabras de Abreu preguntémonos lo mismo. ¿No debió abrirse un debate mucho más amplio sobre el lugar de reposo final de Artigas en vez de tener que someter al país a un capricho, a un rapto voluntarista de quien quiere pasar a la historia a galope tendido, incluso eclipsando al Héroe?