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Washington Beltrán Storace
El porcentaje de votación fue muy pobre. Más allá del frío de la jornada, es una pésima señal de la falta de compromiso de la población con su futuro.
Los favoritos cumplieron. La única interna que se mantenía abierta y planteaba dudas sobre el desenlace -la del Partido Nacional- finalmente consagró el triunfo del ex presidente Luis Alberto Lacalle sobre el senador Jorge Larrañaga. En los restantes partidos, los dados estaban echados antes de la votación, vista la abrumadora información que habían proporcionado los sondeos de opinión: José Mujica derrotó con comodidad al ex ministro Astori, que ve una vez más cómo se esfuman sus aspiraciones presidenciales, y Pedro Bordaberry, dentro del Partido Colorado, arrasó con los votos de su colectividad.
En distintas formas y con mensajes muy diferentes, los triunfos de los tres presidenciables marcaron una suerte de reivindicación para ellos.
Lo de Lacalle fue el regreso del viejo león, que no se rinde ante los embates del tiempo y las cicatrices de las derrotas, y sacude su blanca y sabia melena para dar batalla. ¿La penúltima? ¿La última? No importa. Vencido, puede ser; derrotado, jamás. Nació para pelear: está dispuesto a plantarse una y mil veces frente a sus rivales con la misma vitalidad de siempre, pero con rejuvenecida sabiduría y mayor experiencia. Los ciudadanos nacionalistas le han dado su bendición, le han dicho que vuelven a confiar en él. Junto con Larrañaga, formidable contendiente y probable compañero de fórmula, encabezan un fortísimo Partido Nacional.
Con la nominación de José Mujica, el Frente Amplio ha dado un vuelco trascendental en la izquierda tradicional. Ya no es el sector de los "inteligentes de visión renovadora", la elite intelectual del país, sino que han elegido como líder cívico a un guerrillero cargado en años, que se maneja con un discurso lleno de voluntarismo popular. Un hombre que empuñó las armas para derrocar las instituciones del país es hoy llevado por el voto de sus correligionarios a disputar la primera magistratura, al amparo -¡oh paradoja!- de las mismas instituciones que él procuró voltear. Su colectividad cree en sus convicciones democráticas y lo ha ungido como su candidato. ¿Quién diría que eso era posible? ¿Qué dejaría además en el camino a un rival del viejo cerno frentista, como es Astori, que contaba con el apoyo del presidente Vázquez? Queda la incógnita sobre cómo cerrará la fórmula presidencial.
Finalmente para Pedro Bordaberry su nominación también tiene una suerte de revancha y reivindicación. Desprovisto de los apoyos de los líderes colorados que han monopolizado el manejo del partido desde 1984, sobreponiéndose al handicap de un apellido asociado a las horas negras de este país y que se ha utilizado malamente para estigmatizarlo, logra la abrumadora mayoría de un partido que, en los 179 años de Uruguay independiente, ocupó el gobierno cerca de 140 años o más. Y lo hace de manera clara, contundente y rotunda. Aunque su importancia electoral, en este junio de 2009, es menor.
Ahora, con estos tres protagonistas y Pablo Mieres del Partido Independiente, Uruguay comenzará a jugar su destino para los próximos cinco años.
Lo de Lacalle fue el regreso del viejo león, que sacude su
blanca melena para plantarse ante sus rivales y dar pelea hasta el final.
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