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Antonio Mercader
Votaré a Luis Alberto Lacalle el próximo domingo y exhorto a mis lectores a hacer lo mismo por muchas y variadas razones.
La primera y más importante es que votar a Lacalle es votar por el candidato que los uruguayos perciben como el más sólido oponente de Mujica en la final de octubre. Así lo confirman no sólo las encuestas sino la sensación generalizada, de que Lacalle tiene la estatura, la capacidad y la fortaleza como para vencer en la dura justa electoral que se avecina.
La segunda es que votar por Lacalle es votar por un candidato predecible, dicho sea esto sin desmedro de su digno competidor, Jorge Larrañaga. Insisto en lo de predecible porque en el horizonte inmediato se alza Mujica cuyo rasgo central es lo impredecible de sus acciones si llega a ser presidente. Ese es el riesgo mayor para el país y el que debe calibrarse al votar en estas elecciones internas.
La tercera es precisamente, que Lacalle ofrece certezas, sobre todo en materia económica. Lo avala su gestión anterior (1990-95), el quinquenio en donde bajó la pobreza a la mitad (récord no superado en América Latina según datos de Cepal), en donde la participación del salario de los trabajadores en el PBI era bastante superior al actual (avísenle al Pit-Cnt) y al cabo del cual dejó a las finanzas públicas casi sin déficit (y sin ayuda de ninguna bonanza internacional).
La cuarta razón para votarlo es que con Lacalle en el poder se aliviará esta sensación de inseguridad que padecemos. Lo hará restableciendo el principio de autoridad y usando el poder coercitivo del Estado para preservar los derechos esenciales de los ciudadanos. El derecho a vivir sin miedo, a caminar sin recelo por la vía pública, a asistir en familia a los espectáculos públicos y a sentir que el policía es un aliado. En suma, lo que nunca logró el gobierno del Frente Amplio.
La quinta es que Lacalle gobernará con una visión clara del país y con la vocación transformadora que es el sello de su acción política. Expone ideas renovadoras para modernizar el país y ha probado desde la Presidencia de la República que tiene la capacidad de trabajo y el dinamismo requeridos para la tarea. Es a la vez "homo magnus", es decir, un hombre con aptitudes de líder, y "homo faber", o sea un trabajador infatigable.
La sexta es que el Uruguay del 2010, golpeado por la crisis económica y un Estado más pesado, ineficiente y gravoso, requiere un timonel resuelto y fogueado. Lacalle tiene esas dotes y, tal como anunció el sábado ante la estatua de Artigas en plaza Independencia, propone un diálogo abierto a todos los sectores y un pacto social para acordar sobre las principales metas del gobierno.
La séptima razón es su temple. ¿Este retorno de Lacalle a los primeros planos de la política nacional no es acaso un hecho de por sí impresionante? Porque este hombre que fue "un buen presidente de la República" al decir de Tabaré Vázquez, y después víctima de la más feroz y planificada embestida que se recuerde en las últimas décadas contra un político, logró la hazaña de levantarse una vez más y emerger como la gran esperanza para detener a la segunda -y seguramente peor que la actual- versión de un gobierno de izquierda.
Por ésas, y por otras razones que no cabrían en esta columna, exhorto a votar por Lacalle aclarando que lo haré en la lista 747, de Concordia Nacional, encabezada por Ignacio de Posadas, Ana Lía Piñeyrúa y Gonzalo Aguirre. Votaré el domingo con una doble consigna: ungir a Lacalle candidato y preservar la unidad del Partido Nacional.
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