La vuelta de Wilson

Antonio Mercader

Aunque pasaron 25 años desde el día en que volvió Wilson, aún sigue fresca la imagen de su silueta en el muelle, girando sobre sus talones, la sonrisa centelleando en su rostro y dibujando con sus dedos el signo de la "V", símbolo de la enorme victoria que significaba su retorno. Allí estaba, de cuerpo entero, el hombre que no aguardó a que los militares lo persiguieran y proscribieran sino que les ganó de mano la noche misma del golpe de Estado cuando juró, en inolvidable alegato, que él y su partido Nacional serían los vengadores de aquel ultraje a la democracia.

Durante 11 años se mantuvo fiel a esa consigna moviendo cielo y tierra en su campaña por la libertad para su patria. Una libertad que ese 16 de junio de 1984 brotaba en cuentagotas y que no iba a preservarlo de la ignominiosa prisión que lo esperaba. Quienes aquella mañana nos apiñamos expectantes en el centro y la zona portuaria, veíamos en aquel barco -que emergió entre la neblina con un aura de leyenda- un símbolo de los mejores tiempos que se avecinaban. Tiempos que no llegaron de inmediato pues sólo después de las elecciones Wilson pudo reencontrarse con su pueblo.

El día de su vuelta Montevideo parecía lista para entrar en guerra. Aviones, barcos, tanques, efectivos de las tres armas en posición de combate, el despliegue prebélico fue impactante. Todo por un ser humano de carne y hueso, el político al que los poderosos de la época detestaban y temían como a nadie. El barco que lo trajo había zarpado de Buenos Aires, rebosante de nacionalistas que escoltaron al líder en el tramo final de su epopeya y que, llegados a puerto, serían testigos del instante de su arresto en nombre de la seguridad nacional.

Se lo acusaba de tupamaro precisamente a él, el político blanco ofendido desde siempre por la izquierda y por los sedicentes guerrilleros que nunca pararon de acusarlo de burgués, que le infligieron el mote de "gatopardo", que lo pintaron como un paniaguado de una multinacional petrolera y que lo tildaron de tibio reformista, ellos, los mismos que decían querer la revolución y que terminaron causando el golpe de Estado al grito de "cuanto peor, mejor". El proceso contra Wilson en la justicia militar fue una ironía de la historia.

El ensañamiento de los militares tenía motivos porque Wilson los había hostigado desde el primer hasta el último día. Desde Buenos Aires, días después del golpe, demolió el marbete de progresistas que oportunistas sectores de la izquierda uruguaya le conferían a los uniformados. De ahí en adelante se lanzó a su travesía por el mundo predicando contra el régimen y golpeando todas las puertas, una saga con altibajos, mudanzas, amenazas de muerte y momentos estelares como la sesión en el Capitolio en donde indujo a los senadores a cortar la ayuda militar de Estados Unidos a Uruguay.

Aquel 16 de junio del cual se cumple un cuarto de siglo, Wilson volvió para enfrentar a los militares golpistas, no para negociar con ellos. La historia dirá si aquella decisión fue un error de cálculo o un acto propio de la épica nacionalista que tanto le atraía, pero en todo caso fue una acción ejecutada con plena conciencia de sus riesgos. Pasadas las elecciones, ya liberado, su discurso en la explanada garantizando la gobernabilidad confirmó que la revancha no estaba entre sus planes. Después, ya enfermo de muerte, legó a los suyos un mensaje hoy más vigente que nunca: "Cuando yo no esté, no se peleen".

Respetar ese consejo es la mejor manera de honrar su memoria.

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