El presidente venezolano Hugo Chávez tuvo oportunidad reciente de hacer nuevos despliegues tanto histriónicos como autoritarios.
Curiosamente, esos actos no encuentran rechazo total. Y entre quienes parecen afectados por un tropismo positivo respecto de este personaje que encarna un nuevo peligro continental, figuran varios intelectuales. Por ejemplo, Tariq Ali, ex líder estudiantil británico quien dijo: "La democracia en Venezuela, bajo la bandera de los revolucionarios bolivarianos, ha quebrado el corrupto sistema de dos partidos sostenido por la oligarquía y sus amigos en Occidente". Este joven que ha renegado de los valores democráticos que le acunaron, ya encontró ubicación entre los cortesanos chavistas. Integra el consejo de asesores del canal creado por Chávez para mostrar "el verdadero rostro de América Latina".
Por qué ciertos intelectuales sienten afinidad por gobernantes autoritarios o simplemente dictatoriales, es todo un enigma que permite hipótesis varias. El mencionado Tariq Ali, en 2005 se unió a una cantidad de periodistas, escritores y figuras del espectáculo, incluyendo a Harry Belafonte, Harold Pinter y Nadine Gordimer, para firmar una carta en la que sostenían que en Cuba "no ha habido un solo caso de desapariciones, torturas o ejecución extrajudicial desde 1959…"
Eso, en momentos que decenas de pensadores cubanos iban siendo recluidos en mazmorras. Sabiendo que hay casos como el del novelista Reinaldo Arenas: arrestado en 1973 por "desviaciones ideológicas" y luego amenazado de muerte, torturado, encerrado en celdas llenas de aguas servidas y excrementos, como presión para que denunciara sus propios escritos.
Los dictadores aplaudidos por intelectuales no son algo nuevo. Stalin, el gran genocida, fue entrevistado por un H. G. Wells complaciente. Mao Tse-tung, mientras hambreaba hasta la muerte a millones, era admirado por nombres destacados del mundo libre. Castro ha tenido de su lado por años, a estrellas literarias como José Saramago y Gabriel García Márquez. Como ha dicho el analista político y escritor Ian Buruma, "incluso Pol Pot fue aplaudido por varios periodistas y académicos conocidos".
Dondequiera que haya democracia, se multiplican estos personajes que se dedican a elogiar a trituradores de la libertad y a presentar a Estados Unidos (donde muchos de ellos pudieron saborear la libertad y hacer fortuna), como epítome del mal. Uruguay, por cierto que no es una excepción en relación a aportes hechos a este fenómeno humano tan lamentable y uno evoca fácilmente casos harto recordables.
Ian Buruma, quien trabaja en Londres, dice que "Los cuestionamientos a las políticas y las prácticas económicas de Estados Unidos, a menudo son justos, ¿pero por qué tantos izquierdistas siguen desacreditando su postura crítica al aplaudir a hombres fuertes que oprimen y a veces hasta asesinan a sus críticos?" Se pregunta si no se tratará de una especie de "atracción fatal" o bien quizás de "una suerte de racismo moral, la idea de que nosotros en Londres, París o Berkeley tenemos el perfecto derecho de atacar a nuestros líderes, pero un cubano o un iraquí debe circunscribir sus críticas al imperialismo estadounidense, si no quiere ser acusado de `traidor` o `embaucador`."
Como suelen decir los jóvenes de hoy: "Todo un tema".
ALVARO CASAL
"Intelectuales respetados por sus obras, sienten afinidad por gobernantes autoritarios o dictatoriales".