Iocco en el Derecho

Leonardo Guzmán

Un mediodía irrumpió la voz de Dante Iocco en el Estudio:

"Lo va a asombrar por qué lo llamo. El viernes me emocionó su evocación de Luis Sandrini, que yo veía en el 18 de Julio, el Artigas y los cines. Transmitía sentimientos. Es muy justo que lo haya recordado".

Quedamos hablando.

Yo conocía la sensibilidad de don Dante: de joven había estudiado arte escénico. Pero no llamaba por eso sino porque valoraba las emociones y los buenos ejemplos en el arte popular. Le importaba la formación de la persona y le dolía el progresivo abandono de la educación sentimental.

Uno había visto a Iocco en la baranda de los juzgados, pugnando entre edictos siempre amenazados de erratas y estudios de títulos nunca rápidos, para remates que no son ninguna fiesta. Lo había visto en las tarimas, pidiendo al alguacil autorización para las tres últimas y bajar el martillo. En todo lo que hacía -fútbol incluido- señor de sí, calidez del gesto, armonía reflejada.

Entonces ¿cómo no iba a preocuparse por la caída pública de los sentimientos? ¿Cómo no iba a dolerse por la germinación de maleza que, dejando afuera lo afectivo y valorativo, siembra la lucha de todos contra todos y, olvidando el amor al prójimo, abre las compuertas al descalabro y termina hacinando cárceles y reformatorios?

Si lo que uno pudo haber escrito le había tocado su fibra, fue -me lo dijo- porque para él las comedias dramáticas de Sandrini valían como lecciones de vida.

Por eso, el señor Iocco no se nos fue del todo. Quedó en los muchos que en el Uruguay nos erguimos afirmando los sentimientos en vez de negarlos; afinándolos desde la razón, en vez de emborracharlos en caprichos; desarrollándolos como cultura y no desnaturalizándolos como fuerza bruta, pasión sin frenos y palabrotas sin asco.

En aquella llamada de Iocco ya cercano a retirarse, no me surgió un hombre diferente del martillero, auxiliar de la Justicia. Apareció el ser humano entero que, como tantos sin doctorado, servía al Derecho por experiencia e intuición; y que sabía que cuando reivindicaba lo afectivo no se iba del Derecho, sino que en él se quedaba en traje de fajina.

Sobre esa evidencia se ha echado una selva inextricable de doctrinas formalistas y positivistas, algunas de las cuales, haciéndose llamar realismo, han querido enterrar la angustia por lo que DEBE SER bajo la pesada losa de lo que ES. Pero a pesar de esos intentos, el Derecho renace siempre primero desde los sentimientos y después desde la lógica y la ciencia de interpretar.

Bien pudieron enseñar Petraszisky en Polonia hace 90 años y Mario Moacyr Porto en Brasil hace sólo 15 -como tantos otros, olvidados pero no muertos- que el Derecho es una realidad emotiva e intuitiva, y bien pudieron considerar que los hechos de la vida se transforman en vectores, no tanto por sus juicios de valor como por sus emociones que, aprobando o rechazando, se convierten en datos normativos de la conciencia.

Y hasta pudieron escribir, con razón, que "la intuición emocional de lo justo es una intuición estética, pues lo justo es lo bello en el veredicto de la conciencia que construye en el altiplano de la eternidad".

Puesto que el Derecho nace en el orden y la robustez de la afectividad, enseñar a sentir tiene mucho que ver con el orden público en su confluencia con la lucha por la Justicia.

Y es un honor haber recibido del rematador Iocco la lección de su mensaje ¡vaya si docto para los tiempos que corren!

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