MARCELLO FIGUEREDO
La última vez que escuché recitar Ya no, el celebrado poema de Idea Vilariño, fue la inolvidable mañana del sábado en que despuntaba este otoño, en el encantador patio del Museo Blanes. Estela Medina ingresaba a la Academia Nacional de Letras, y en lugar de agradecer la bienvenida con el discurso de rigor, ella lo hizo con un generoso recital de poesía que nos paseó de Juana a Delmira, de Quevedo a Lorca, de Marosa di Giorgio a Circe Maia. Su versión de los desgarradores versos que Vilariño escribió pensando en Juan Carlos Onetti (de cuyo nacimiento, dicho sea de paso, se cumplirán 100 años en breve), es estremecedora, contundente, desafiante. Esos versos suenan como una severa sentencia universal. Dahd Sfeir, otra grande del teatro nacional que también ha frecuentado el repertorio de la poetisa fallecida esta semana, los dice en cambio de manera más melódica, más doméstica, quizá más tanguera. Igualmente conmovedora, aunque algo más triste todavía. Y en la voz interior de cada lector, ese y otros tantos poemas de Vilariño han de sonar de distinto modo, como distintos suenan, envueltos en música, cuando salen de la limpia garganta de Cristina Fernández, cuando vibran multiplicados por Los Olimareños, o cuando los retrotrae el decir sensual de Alfredo Zitarrosa. Tal el milagro de la literatura, tal la clave de su supervivencia: una idea, mil y un ecos.
Después de tanto coquetear con la muerte en el papel, la voz femenina más triste de la poesía nacional ha ido por fin a su encuentro con 88 años intensamente vividos. Uruguay pierde así a una figura emblemática de la generación del `45, a una escritora excepcional que cultivó la poesía pero también la música, que fue docente, fundó revistas, colaboró con varios medios periodísticos, tradujo teatro y amó el tango. Pierde, también, a un ser humano singularísimo que se entregó a la faena artística con mucho talento pero sin ninguna alharaca; que cultivó el aislamiento (hoy lo llamaríamos bajo perfil, aunque nadie se atrevería a tanto) rechazando homenajes y entrevistas; que construyó así el mito de la escritora misteriosa para quien la poesía era algo tan íntimo e inevitable como la vida. Como la muerte.
"Mi poesía soy yo", le dijo a la escritora mexicana Elena Poniatowska, quien definió a Vilariño como una mujer idéntica a su poesía: bella y triste. Una mujer que no era protagonista ni siquiera de sí misma.
Hay algo muy uruguayo en la soledad, el fracaso, la desesperanza y el desengaño que tiñen de oscuro las bellas páginas de Idea. Pero hay también, en su obra y en su vida, otras características supuestamente nacionales que llamaron la atención fuera de fronteras. En el imprescindible libro que Cal y Canto presentó en 2007 (Idea Vilariño: La vida escrita) el argentino Luis Gregorich apunta algunas: austeridad, discreción, sobriedad.
Cuánta falta nos hacen hoy esas virtudes. De modo que no es necesario haber conocido a Idea Vilariño, ni tampoco comulgar con su visión del mundo, para afirmar que al perderla Uruguay también pierde, de alguna manera, lo mejor de sí.