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Ruben Loza Aguerrebere
Se inauguró, y permanecerá abierta al público hasta el 11 de mayo, la 35° "Feria Internacional del Libro" de Buenos Aires, en la Sociedad Rural. Fernando Savater, Juan José Millás y el novelista sueco Henning Mankell, estarán presentes en ella. Se han previsto presentaciones de libros de autores argentinos así como numerosos actos culturales diarios, entre ellos, cabe mencionar un homenaje a Onetti, en el año de su centenario, con la presencia de su viuda. Cabe señalar que Vargas Llosa publicó recientemente su ensayo sobre Onetti, "El viaje a la ficción", ya traducido al francés.
Repasando ediciones de este acontecimiento cultural impar, no puedo olvidar algunos momentos vividos allí, como visitante o participante de algunos de sus eventos. Recuerdo haber encontrado, año a año, a Bioy Casares (quien siempre decía: "qué corteses son los uruguayos").
En una oportunidad me invitó a sentarme a su lado, para conversar, mientras él firmaba ejemplares de sus libros ante una fila de lectores. Cuando una joven le pidió una foto, Bioy, un perfecto caballero, salió de su "stand", se paró junto a ella y, cuando les tomaron la foto, le agradeció a la joven haber posado con él. Allí, encontré a Ernesto Sábato, quien fue, y perdón este detalle personal, el primer escritor en saludar mi primer libro. Con la escritora inglesa Doris Lessing (aún no había recibido el Nobel literario) participamos en una mesa redonda, sobre la creación literaria; y en esa oportunidad, esta dama tan cordial, definió su arte diciendo: "Escribir sobre uno mismo, es escribir sobre los otros".
Conocí, en la Feria, a Ray Bradbury; gordo, de gruesos lentes, cabellos blancos como el algodón y sonrisa fácil. Nunca había conocido a un uruguayo hasta aquella tarde, me dijo. No sabía si había escrito dos mil o tres mil cuentos; y me comentó: "Escribo tanto porque de esa manera ayudo a soñar; la fantasía es necesaria para nuestra vida". Una noche vi a Juan Rulfo, solo y fumando, en su "stand".
Ni siquiera los vendedores le acompañaban. Me pregunté qué haría si alguien se detenía a comprar "El llano en llamas". ¿Lo vendería él? Me acerqué, lo saludé y me quedé a conversar con él. Intercambiamos libros. Me obsequió uno de los suyos, autografiado. De pronto, y al fin, se detuvo una pareja junto a nosotros. Lo miraron y, feliz, me hice a un lado. El joven echó mano a un cigarrillo, se acercó al maestro Rulfo y le dijo: "¿Me das fuego, veterano?". El escritor mexicano le encendió el cigarrillo, y la pareja continuó su camino. Un poco avergonzado me alejé unos minutos después. Fue la última vez que lo vi.
En fin, para ir terminando este inventario, recuerdo haber coincidido con Vargas Llosa y con Atahualpa Yupanqui (quien recordaba mi ciudad natal, Minas, y me dijo: "saludos a Aguas Blancas"). No olvido al fallecido escritor brasileño Mauro de Vasconcellos, autor de "Mi planta de naranja lima", que vendió millones de ejemplares, y ante quien vi las más largas y numerosas filas de lectores de las que tenga memoria.
La Feria Internacional del Libro de Buenos Aires es un hito cultural, y, además de acercarnos las novedades editoriales, deja en los visitantes momentos inolvidables, protagonizados por escritores a quienes debemos tanto. Y a los que, como hoy, solemos revisitar, en busca de sustento, para intentar transformarnos en historiadores de emociones.
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