L´Aquila busca respuestas tras la tragedia del sismo

Italia. Investigan irregularidades en los edificios destruidos

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ROMA | EL PAÍS DE MADRID

"Tiembla todo. Tengo las zapatillas listas y una mochila llena de cosas que me podrán servir por si tengo que salir corriendo. Me voy a la cama, pero no creo que pueda dormir".

Ese fue el último mensaje por teléfono móvil que envió Alice Dal Brollo, de 21 años, a su novio. Durante dos meses, la región italiana de los Abruzos padeció temblores de tierra. Algunos edificios presentaban grietas, pero la gente se había acostumbrado. A las once de la noche del domingo 5 de abril hubo una sacudida fuerte. A las 3.32 del martes 7, durante 20 segundos, una sacudida de magnitud 5,8 en la escala de Richter, dejó sin vida a 300 personas y sin casa a 28.000.

El cura venezolano César Cardozo, de 37 años, se encontraba aquella madrugada a sólo dos kilómetros de Onna, en un municipio vecino. Salió de su casa, pero no imaginaba que a esa distancia el terremoto se estaba cebando con su gente y morían 40 personas, casi una cuarta parte de la población. Dos días antes los había visto a casi todos en misa. "La gente me pregunta por qué, por qué tiene que suceder esto. ¿Y qué les puedo decir? Había un matrimonio al que le había bautizado en diciembre a su bebé. Murieron los tres en la misma habitación. Yo sólo les puedo decir que la fe nos ayuda en estos momentos, que debemos pensar en la eternidad, que tenemos que recordar la resurrección de Cristo".

Hay otras preguntas, mucho más terrenales, que tal vez el padre Cardozo no pueda responder, pero que tendrán que hacerlo las autoridades: ¿por qué quedó dañada la estructura del hospital de San Salvatore, cuya construcción se inició en 1972, cumpliendo, en teoría, con toda la regulación antisísmica, y fue inaugurado en el año 2000? Cientos de enfermos tuvieron que ser evacuados y aún no se sabe cuándo volverá el centro sanitario a estar operativo. Varios parlamentarios anunciaron una investigación para dirimir responsabilidades.

Los servicios de urgencia y protección civil actúan con celeridad. Pero las constantes réplicas no facilitaron el rescate. La sede del Gobierno regional, un edificio rehabilitado en 1990 y desde donde se deberían haber coordinado las operaciones de rescate, está completamente destruido. La policía acordonaba el martes el casco histórico medieval de L`Aquila. Los curiosos y los periodistas querían ver de cerca las ruinas. Ya se conocía que el terremoto se había llevado cientos de vida. Se sabía que las paredes se podían caer en cualquier momento, pero cada quien andaba por allí con la misma confianza en su propia suerte que debió sentir Alice Dal Brollo cuando le envió a su novio el mensaje de SMS. Ella no tuvo tiempo. Unas horas después, en el centro de L`Aquila, una sacudida de 4,7 en la escala de Richter hizo que las piedras retumbaran como si hubiese caído una bomba. De pronto, todo el mundo adquirió conciencia de su vulnerabilidad. Un policía gritaba a varios jóvenes que desalojaran la zona, que se fueran de allí. Un joven musculoso se plantó frente al policía y le preguntó cómo iba a salir de allí ahora, ¿quién se atrevía a volver por las calles estrechas? El policía le dijo que él mismo le acompañaba. En realidad, ni el policía, ni el joven, ni nadie estaba seguro.

Muchas familias pernoctaron en casa de familiares, lejos de L`Aquila y otros decidieron dormir en sus coches, frente a sus casas, para evitar robos.

Los días siguientes, cada vez que se producía un temblor, la gente salía corriendo de las casas, de los bares, de las gasolineras y se quedaba un rato esperando. La ciencia no puede vaticinar de momento si esas sacudidas irán menguando. Los que decidieron quedarse en sus casas, al cabo de unos segundos, tras comprobar que se había extinguido el temblor, volvían adentro. Unas 17.000 personas, sin embargo, no tenían más sitio dónde meterse que unas carpas. El primer ministro, Silvio Berlusconi, les aconsejó que se lo tomaran como un día de "camping".

"Que quede claro, no hay sólo chacales en el país"

Roma | En los campos de socorro, cada uno intentaba sobrellevar la tragedia como mejor podía. A Bruno Turilli, de 67 años, la gran sacudida de la madrugada del martes 7 de abril le sorprendió durmiendo. "Fui corriendo a la puerta, la agarré y tiré con todas las fuerzas... Tiraba, pero no podía abrirla... Tiraba, pero nada, estaba bloqueada, y yo atrapado". Turilli relataba su drama en un campo para desalojados montado en L`Aquila. Algún quiebro en la voz delataba que el espanto seguía atenazándole. "Cuando terminó la sacudida se me ocurrió ir al cuarto que uso como laboratorio y agarrar alguna de mis herramientas de escultor. Gracias a una de ellas logré forzar la puerta y salir a la calle", relata.

A pocos metros, en el mismo campo, Francesco Di Cicero, estudiante universitario, sudaba junto a varios soldados que descargaban tiendas de campaña. "No me podía quedar en casa", señaló. Llegó desde Bari por sus propios medios como voluntario. "Que quede claro que no sólo hay chacales en este país". El País De Madrid

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