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MARÍA JULIA POU
Esta vieja máxima en latín nos indica hoy con angustiosa urgencia el camino a recorrer, sin exclusión de otros, para detener uno de los flagelos de nuestra sociedad. Un día sí y el siguiente también se nos presentan a todo nivel episodios que nos conmueven por su violencia, su ruptura con lo que los uruguayos considerábamos hasta no hace mucho nuestra idiosincrasia, nuestro particular modo de convivencia, nuestra siempre mentada cultura.
El tema de la violencia vinculada a la droga es uno de los puntos neurálgicos en que debe tomarse rápidas y drásticas medidas. El testimonio desgarrador de madres, padres, vecinos y educadores, que nos dicen de la incontrolable situación en la que estamos todos inmersos, reclama un planteo con una visión global del problema.
No es un asunto menor el conocer que los jóvenes en muchos barrios de Montevideo y de ciudades del interior, no tienen espacios accesibles ni ámbitos adecuados que los convoquen para actividades deportivas, esas que les forman el carácter, y a la vez les forma un cuerpo sano.
Cuando para el tiempo de ocio no se tienen buenas opciones siempre aparecen las otras.
Y en el otro extremo del problema, muchas veces como causante del mismo, el consumo de drogas que, como la pasta base, demuele cuerpos y espíritus con una eficacia que asusta.
A la población le resulta incomprensible que no se pueda ganar esta batalla: muchos saben quiénes y dónde preparan la droga y la venden. Son innumerables los familiares que ruegan que no liberen a sus hijos -consumidores de la droga- porque les temen en el propio seno de la familia. Pero hay aquí una señal que debemos atender: nuestro sistema de salud no tiene aún la capacidad que precisamos para encarar el tratamiento y la rehabilitación de esos jóvenes que padecen, lo que a veces se olvida, de una enfermedad que tiene aspectos desconocidos para muchos pero que en el mundo ya existen terapias experimentadas para ella. Actualmente son muy pocas las plazas con que contamos y es una de las cosas que tendríamos que haber iniciado ya hace un tiempo en el marco de las políticas de salud.
Y por último desde la tarea de control, que el estado debe realizar como forma de prevenir y reprimir cuando sea justo y necesario dar señales claras de que aquí se acabó "el recreo". Porque lo que no queremos es que se terminen vidas ni familias que tienen mucho para dar y para recibir, no quiere la sociedad uruguaya que prospere en su seno la actitud de mirarnos de reojo y con temor por lo que sospechamos o imaginamos.
No parece tan difícil el camino. Sabemos que llevará tiempo, pero en estas situaciones es bueno recordar la experiencia del General Leclerc en circunstancias en que durante la guerra se habían tirado abajo gran cantidad de los magníficos cedros del Líbano.
Con una conciencia ambientalista muy adelantada para su época el general francés le propuso a sus hombres reforestar la zona de cedros caídos, frente a lo cual los soldados argumentaron que demorarían 100 años en crecer. Con una filosofía de vida que es la que hoy queremos tener presente el General les contesto: "es cierto, por eso debemos empezar ya, sin demorar ni un día más".
Lo importante es empezar.
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