MARCELLO FIGUEREDO
Postales de la primavera argentina, que también fue la nuestra: los deslumbrantes afiches que rezaban Nunca Más, alegrando las paredes de Florida, de Lavalle, de Corrientes; las puertas de la Casa Rosada por fin abiertas a los pañuelos blancos de Plaza de Mayo; Ernesto Sábato entregando el informe final de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas; Nacha Guevara vociferando sin miedo Aquí estoy en el teatro Coliseo; el fiscal Julio Strassera pronunciando su electrizante alegato ante los jueces; Videla, Massera y otros canallas sentados en el banquillo; Norma Aleandro anunciando en Hollywood el Oscar para La historia oficial, la entrañable película de Luis Puenzo; y claro, apenas despuntaba aquella primavera política, en el esperanzador diciembre de 1983, nuestro Wilson mucho más cerca de casa, instalado por unos días en el hotel Panamericano de la calle Carlos Pellegrini, multiplicando abrazos entre los uruguayos de todo pelo que habíamos cruzado el charco para respirar, allá, los buenos aires que acá todavía no soplaban.
Y para celebrar a un sobrio radical que simbolizaba el triunfo de la libertad sobre la tiranía: Raúl Alfonsín.
Después vinieron otras postales, es cierto. No hubo tregua para el primer presidente constitucional tras casi ocho años bajo la bota.
Lo jaquearon los carapintadas, los sindicatos y la hiperinflación. Alfonsín se fue del poder dejando un gusto agridulce.
Pero el tiempo y la historia se ocuparon de poner las cosas en su lugar, y hoy nadie se atrevería a discutir que el político cuya muerte enluta dos orillas (pero a la vez las reconcilia con la política) fue un ciudadano extraordinario.
No lo cegó otra utopía que la democracia, en la que creyó como fin y como medio. En la noche más oscura fundó la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, y tal cual recordó generosamente en estos días Graciela Fernández Meijide (que se sumó a esa causa obligada por la tragedia de un hijo desaparecido), él no tenía nada para ganar y en cambio sí mucho para perder. Se opuso, casi en solitario, a la farsa de la Guerra de las Malvinas.
Cultivó la memoria sin ánimo revanchista ni vocación esquizofrénica: fomentó el juicio a las juntas militares pero también a los ex guerrilleros. Hizo buena parte de su campaña electoral recitando el preámbulo de la Constitución, que es lo primero que deberían aprenderse sus colegas. Y lejos de abusar de la función pública, vivió con austeridad republicana. Fue el único presidente argentino, tras la dictadura, al que no salpicó ninguna acusación de corrupción.
Sus dos manos, las que estrechaba cálidamente a un lado del pecho en aquel gesto que fue su marca, estaban limpias: ni sangre, ni dinero mal habido.
A los uruguayos nos encanta señalar los malos ejemplos que exporta Argentina, aunque hemos desarrollado un insospechado talento para imitarlos.
El formidable legado de Alfonsín, más vivo que nunca, también nos llega de allí. ¿Alguien quiere honrarlo entre nosotros?