Ana Maria Abel
Nuestros hijos pequeños, como todo niño, pasan varias horas frente al televisor o lo escuchan mientras juegan concentrados en otra cosa. Oyen hablar de la muerte desde muy chicos y aunque parezcan ajenos a las noticias, saben que ocurren accidentes donde mueren personas y de los frecuentes atentados en países conflictivos. También puede ser que observen al salir a la vereda un gorrión muerto al pie de un árbol o hayan presenciado en casa cómo preparamos una trampa para ratones.
Dependiendo de su edad, maduración y desarrollo, los niños van incorporando en su pensamiento que hay vida y hay muerte. El tema se complica cuando fallece una persona cercana o un ser querido.
Antes de los seis años, por lo general, el niño tiene una idea relativa de la muerte, como algo reversible e intemporal: no calibran intelectualmente que no volverán a ver a alguien. Entre los siete y 10 años ya poseen un concepto más claro de que la muerte es algo definitivo. Para explicárselo utilicemos palabras sencillas y claras pronunciadas en un entorno sereno. Así, cada uno en la medida de su capacidad, interioriza la realidad de que no volverán a ver más a quien falleció.
No es fácil hablar de la muerte con los niños. La dificultad se agrava si fallece un familiar muy cercano. En esos casos no ensayemos decirles medias verdades: a la larga o a la corta les generan confusiones. Los niños perciben el dolor de los grandes y necesitan saber qué está pasando en su entorno inmediato cuando éste se desestabiliza: ven llorar a unos y ausentarse a otros. ¿Qué les pasa?
No precisan muchos detalles. Evitemos el uso de nombres raros o explicaciones de enfermedades complicadas. Permitamos que expresen a su manera los sentimientos sin imponerles los modos: "no llores tanto" o "tenés que llorar mucho y desahogarte". Dejemos que pregunten todo lo que desean: sus interrogantes nos darán la pauta de cuál ha de ser nuestra actitud. Cada niño manifiesta su consternación o dolor de acuerdo a la edad y temperamento. Les trasmitimos seguridad cuando nos mantenemos cercanos afectivamente y les manifestamos el amor que les tenemos con un contacto físico adecuado. Si los padres tenemos fe en una vida futura indudablemente la explicación será más tranquilizadora para el niño: reaccionará con tristeza pero será menos doloroso y más llevadero. También les tranquiliza saber que vamos a seguir queriendo a la persona fallecida y que nunca la olvidaremos pues está en el corazón de cada miembro de la familia.
flia@iuf.edu.uy
Adopción por homosexuales.
Carlos Marina, pediatra, estudió la evolución de niños adoptados por parejas homosexuales. Concluye: privarlos de referentes femenino y masculino supone discriminar a unos niños sobre otros y exponerlos a un ambiente anómalo con innegables consecuencias psicopatológicas.
Jugar a morirse.
Los niños suelen recrear lúdicamente las situaciones de la vida: juegan a ser médicos, reporteros deportivos o vendedoras. Así también juegan a veces a morirse. A través de ese juego se expresan emocionalmente y pueden ayudarnos mucho a conocer su interior.
Concurrir a un sepelio.
Según la psicóloga chilena Viviana Sosman, es un error excluir como regla general a los menores de los ritos de la sepultura. Al contrario de lo que se cree en general, que el niño concurra al sepelio, cuando se trata de un familiar cercano, lo ayuda a elaborar el duelo.