Sobre los legisladores

GONZALO AGUIRRE RAMÍREZ

Días pasados, el diputado Álvaro Vega -del MPP, creo- pidió disculpas por haber sido uno de los protagonistas del último episodio pugilístico ocurrido en la Cámara que integra. Bienvenido sea su arrepentimiento, pero bueno sería también, de su parte, una reflexión y una autocrítica. Reflexión acerca de que es el enceguecimiento, nacido de la convicción de que uno tiene la razón y su contradictor, el de otro partido, no tiene ninguna, el que conduce a los excesos verbales e insultos que a veces terminan a golpes de puño. Autocrítica, además, de su actitud provocadora y grosera, proveniente de su ofuscación.

Esta, a su vez, le vino de no admitir que quienes con él disentían tenían derecho a hacerlo y, por otra parte, podían estar asistidos de parte de la razón.

El diputado Vega aprovechó la ocasión para fustigar con razón el incumplimiento de sus deberes funcionales por parte de muchos de sus colegas, que solo se hacen ver en sala para ganar imagen ante las cámaras de la TV, cuando éstas aparecen. Dijo, además de ello, que el de diputado -o senador- es un trabajo y que quien por desempeñarlo cobra un sueldo tiene el deber obvio de cumplirlo durante todo el horario en que sesiona su Cámara.

Más o menos esas fueron sus palabras. Cuyo fundamento es clarísimo y no fueron dirigidas a legisladores de cierto partido sino a todos, incluyendo a sus correligionarios. Bastó ver la filmación y las fotografías de su incidente con el diputado Botana, para verificar cuanta razón tiene dicho diputado. Tanto en su bancada como en la del Partido Nacional, eran más, bastante más, los ausentes que los presentes. A pesar de que se estaba considerando el proyecto de ley sobre la autorización, a los enfermos terminales, de poner fin a su vida.

Ni siquiera un asunto de tan hondas implicaciones éticas, que por estos días ha ganado el centro de la escena en Italia, motivó a muchos diputados y diputadas a cumplir con su elemental deber de ingresar al recinto y permanecer en sala. Recuerdo que, en vísperas del inicio de mi ingreso al Senado, el primero de los tres sabios consejos que me dio Wilson fue el de estar siempre en el hemiciclo, durante las sesiones.

Lo cumplí al pie de la letra, invariablemente, porque a ello estaba moralmente obligado y porque, además, me gustaba la función. Tenía vocación por el trabajo legislativo, que no he perdido, a catorce años de que el pueblo me diera largas vacaciones parlamentarias. Lo que me lleva a preguntar.

¿Para qué quieren ser legisladores tantos señores -y señoras-, si una vez electos incumplen sus deberes funcionales? No es que los cumplan regular o mal, sino que no los cumplen.

No es que depositen su humanidad sobre las bancas y en ellas permanezcan, silentes. No, a menudo brillan por su ausencia. Eso sí, el sueldo lo cobran puntualmente. ¿Si no tienen vocación de legisladores, para qué se candidatean, tanto a la Cámara como al Senado?

Lo que nos lleva a una cuestión conexa, tanto o más importante que la anterior. Legislador es quien legisla. Gedeón lo sabía. Es decir, es quien con su voto, sanciona las leyes. Y, antes, presenta los proyectos de ley, o bien los estudia y corrige en comisión y los informa en sesión. O, también se opone fundadamente a su aprobación. Claro que, para hacer todo ello, es menester tener conocimientos jurídicos. Por carecer de ellos es que muchos legisladores jamás hacen nada de lo antedicho.

Legislar es una labor técnica que, para estos señores, es como hablar en chino.

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