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LEONARDO GUZMÁN
Debió ser hondo y filosófico el debate sobre el consentimiento anticipado para suspender la prolongación artificial de la vida cuando se llega a etapa terminal. Tema álgido -recordemos la dura polémica por la desconexión en Italia de Eluana Englaro, 17 años en coma-, ponía sobre el tapete si es legítimo que la criatura humana se deshaga por sí del supremo don que recibe desde afuera de sí; debía analizarse hasta dónde es plausible perfeccionar técnicas para alargar la existencia… cuando dejó de ser propiamente humana.
En vez de esa discusión culta, la jornada parlamentaria se signó por los golpes que se lanzaron dos diputados, el destemple de una tercera y el forcejeo de los comedidos que separaron.
El tema llamaba a la grandeza, a lo alto y hasta a lo Alto. Y no: se lo bajó de plano, se lo redujo y se lo encharcó.
¿Excepción? No. Regla de estos tiempos. Y si no, véase.
La salida del Dr. José Luis Corbo de la presidencia de la Asociación Uruguaya de Fútbol desbordó lo deportivo.
El Dr. Corbo es ciudadano probo, cuyas definiciones de hombre de Derecho estuvieron por encima de la carrera política que pudo hacer y cuya profunda coherencia en el quehacer público funcional, junto a su entrega privada como abogado leal, se nos hace un deber destacar. Fue a la AUF a servir con la altura de "un hombre honrado a carta cabal", como decía Luis Víctor Semino de los grandes dirigentes de su tiempo. Que ese hombre se haya ido con náuseas, sintiendo que sus decisiones se enfrentaron a "trastiendas institucionales" regidas por "visiones e intereses particulares", vale denuncia.
Cuando el señor de una vida de valores escribió "Me voy por mi dignidad. Mi conciencia me dice que este no es mi lugar" nos colocó -más allá de su razón o sinrazón- frente a las exigencias esenciales de nuestras conciencias.
Pues señor, su renuncia fue título, pero cinco días después, su denuncia ya pasó.
Otro caso. El Padre Mateo Méndez puso al gobierno y a la ciudadanía frente a su omisión reeducativa, evidenciando que en cuanto a menores infractores el INAU incumplía sus fines. Al evidenciarlo, puso al país frente a imperativos ineludibles. Cambió el Directorio y tres semanas después, su grito de angustia ética también pasó. Renuncia aceptada, denuncia archivada.
Y así sucesivamente. El país se acostumbró a hincarse ante las noticias sobre el poder actual y futuro, pero guardar silencio sobre los dramas públicos de conciencia -Lissidini, Chifflet y tantos-, como si la conciencia fuera fantasmagoría y no yunque, ilusión subjetiva y no forja. Se acostumbró a pasar un rato dando por supuestos los valores, contemplarlos de lejos y seguir de largo, como si no tuvieran nada que ver con cada minuto.
"Non ragioniam di lor, ma guarda e passa." No razones sobre ellos, mas mira y pasa: así confortaba Virgilio a Dante ante la mísera suerte de "las tristes almas de esas gentes que vivieron sin gloria y sin infamia" y que en el Canto III del Infierno aparecen junto a los ángeles cobardes, que dejaron de rebelarse… no por amor a Dios sino por cuidarse ellos mismos.
El Uruguay usa el "Guarda e passa" pero no para callar el dolor ante lo condenable sino para mirar a otro lado cada vez que lo convoca la grandeza.
Por esa vía cayó en supina indiferencia y paralizó el vuelo que en el pasado lo elevó por sobre lo ya pensado; y que volverá a alzarlo -otra vez Sábat Ercasty- cuando "caiga derretida esta materia donde estamos casi muertos".
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