Cacho es mi amigo. No de ahora, sino de toda la vida. Nos conocimos a finales de los años sesenta, cuando mi familia se mudó a la cuadra donde vivía la suya. El destino, que primero nos separó, se encargó de reencontrarnos luego, a comienzos de los noventa, volviéndonos incluso medio parientes y permitiéndonos consolidar una amistad tan incondicional como inquebrantable.
Cacho es un hombre de izquierda. No de ahora, sino de siempre. De cuando ser frenteamplista estuvo de moda y también de cuando tener un retrato de Salvador Allende en su escritorio era asumir un riesgo tan innecesario como extremo.
Cacho hubiera asistido el sábado pasado al acto del presidente Vázquez en la avenida 18 de Julio. Por nada del mundo hubiera dejado de estar junto al líder al que, con su voto y su militancia de tantísimos años, ayudó a llegar al poder.
Lo estoy viendo. Cacho hubiera salido temprano, como siempre, enfundado en su añosa bandera tricolor. En su viejo Escort hubiera cargado las sillas de playa, a prueba de discursos interminables. Su esposa Ana María, compañera inseparable, tendría ya pronto el mate y los bizcochos que a él le gustan. Y alguno de sus nietos se le hubiera sumado.
Pero el sábado Cacho pegó el faltazo. Su bandera, que siempre está, se quedó olvidada en algún rincón. También faltó Ana María. Y su matera. Y los bizcochos, que nadie pasó a buscar. Y las reposeras.
Cacho no estaba en Montevideo. Una endiablada enfermedad, de esas que a mi edad uno ya ni quiere mencionar por su nombre por miedo a llamarla sin querer, se ensañó con uno de los tipos más buenos que conozco. En Uruguay, los médicos le dieron un pronóstico que a todos los que le queremos nos paralizó el corazón. Pero también le recomendaron, para estar seguros, que se sometiera a un estudio más complejo y preciso. Un PET.
Golpeado por la noticia y herido por la enfermedad, Cacho preguntó a sus médicos a qué lugar de su mutualista le harían ese examen. Ellos le explicaron que en el Uruguay ese estudio no se hace. Que debía viajar a Buenos Aires.
Cacho descubrió, de golpe, que el sistema de salud que tanto había defendido le dejaba a él indefenso. Que su mutualista no podía hacerle el PET porque el gobierno por el que tanto peleó había decidido prohibir el acceso de esa técnica a Uruguay.
Los hijos le explicaron a Cacho que la ministra Muñoz había dicho que el gobierno no autorizaría a los privados a traer esa tecnología hasta que el Estado pudiera ofrecerla a todos. Cacho sonrió. "Y mientras el Estado no la trae, ¿yo qué hago? ¿Me muero?", preguntó.
Le explicamos que podíamos reunir el dinero para hacer ese estudio en Buenos Aires. Cuando se enteró que el costo superaba los mil y tantos dólares, se amargó más. "¿Entonces lo que me está diciendo mi gobierno es que quien tiene plata para viajar a Argentina, pagar ese estudio, el viaje y el hotel, puede salvarse, y el que no lo tiene se joroba?", cuestionó.
Se reunió el dinero. Muchas manos ayudaron a juntar el dinero para el examen. A pagar las cuotas del pasaje. A conseguirle dónde quedarse en Buenos Aires cinco días, porque el resultado no se lo dan de inmediato. A cuidarlo para que el viaje le afectara lo menos posible. ¿Puede obligarse a alguien que está enfermo a viajar para realizarse un estudio que aquí se podría hacer si el gobierno que nos gobierna creyera realmente en la libertad?
Allá, Cacho se enteró por los médicos que diariamente muchos uruguayos llegan a Argentina a someterse a este estudio que nuestro gobierno, por capricho presidencial o vaya a saber uno por qué, ha prohibido.
Señor presidente, a usted, que es oncólogo, ¿no le da vergüenza?
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