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SEBASTIÁN DA SILVA
En la última sesión de la Asamblea General de las Naciones Unidas, el mundo entero observó con cierto pavor la desfachatez del discurso de la presidenta de la República Argentina la Dra. Cristina Fernández de Kirchner. En aquella ocasión estaban prendidas las cenizas del otrora poderoso banco de inversión Lehman Brothers, la mayor aseguradora mundial pedía asistencia a gritos y las bolsas mundiales se caían a pedazos dando inicio a la actual y cruenta crisis financiera global. En un mensaje preparado para la ocasión, quiso la mandataria darle un nombre a la crisis y casi burlándose la llamó el "efecto jazz". A partir de esta demostración de autismo anunció las bondades de su país y lo fortificado que estaba para hacerle frente a esta embestida tan inusual.
Unos meses después y de acuerdo a lo que todo el planeta comenta en todos los espacios multimedios del mundo, Cristina reconoció en el mensaje a la Nación que posiblemente este 2009 será el más difícil de los últimos 100 años de la historia argentina.
De este otro lado del río, vivimos situaciones similares, pero a `la uruguaya`. Sin el aspaviento tradicional de nuestros hermanos del plata, nuestros gobernantes progresistas también sintieron la tentación de querer ir contra la ley de gravedad y negaron enfáticamente las repercusiones de la depresión económica mundial. Todo el que tuviera el atrevimiento de comunicar lo que estaba pasando en el mundo era un apátrida, un maquiavélico promotor de la profecía autocumplida y hasta se le dedicaron curiosos DVD para tildar de antipatriotas a la oposición por realizar las advertencias de lo que hasta mi hija Candelaria de tres años podía vaticinar.
Pero por suerte, el Dow Jones a 6.000 puntos, la acción del Citi a un dólar, la devaluación brasileña de un 60% y una baja de nuestras exportaciones de un 20% en el trimestre lograron que descubrieran la tormenta mundial.
Con el diagnóstico arriba de la mesa, uno supone que es más sencillo encontrar soluciones que con la necia negativa de los últimos seis meses, pero como estamos en año electoral y el facilismo de pasarle el fardo al otro gobierno está a la orden del día nos permitiremos hacer alguna sugerencia muy poco ideológica.
La lección del 2002 y la exitosa salida dejó más en evidencia que las mejores fortalezas como país es su potencial exportable. Producimos lo que el mundo necesita para comer, y hasta ahora no llegamos al techo de producción. Por tanto, por más demanda deprimida que exista, las exportaciones uruguayas deberían de tener mayormente salida. Para mantenerlas y mantener los miles y miles de empleos que este único motor oriental genera en nuestra economía, hay que darles competitividad y punto. Y para ello no hay demasiadas recetas, o es por un tipo de cambio favorable que estimule la producción o es por estímulos fiscales.
Nuestros competidores externos priorizan siempre la variable tipo de cambio, es la más neutra, no arriesga necesariamente recaudación y es la que abarca a la generalidad de los actores económicos.
Uruguay hoy no sufre el mega endeudamiento en dólares que padeció en los noventa, no tuvimos tiempo, y el mundo financiero se cuidó más, así que la solución es vieja, sabida y comprobada, a mover el tipo de cambio antes que la cosa se complique más.
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