Ruben Loza Aguerrebere
Decía Borges que el agrado que nos proporciona Chesterton es irresistible y constante. Ello ocurre con sus espléndidos cuentos, sus novelas, su poesía, sus biografías y ensayos. Por ello, cabe saludar con satisfacción esta primera edición castellana de "Lectura y locura" (Espuela de Plata). Los ensayos fueron publicados como columnas semanales en "Daily News", entre 1901 y 1911, y reunidos en libro en 1958.
Gilbert Keith Chesterton nació en 1874, en Campden Hill, Kensington, en las afueras de Londres. Se hizo bautizar católico en 1922. Tempranamente se destacó por sus trabajos periodísticos, y no tardó en llegarle la fama debido a su poesía y su obra narrativa. Tan celebrada como su biografía sobre San Francisco de Asís es, por ejemplo, su novela "El hombre que sabía demasiado" (Acantilado/Gussi), de la que hay afortunadamente una nueva edición.
Dueño de una personalidad fogosa y enorme independencia, Graham Greene lo describió como un hombre bueno y generoso. De físico imponente y rotunda silueta, Borges decía que Chesterton ocupaba dos asientos en un tranvía. Cuando murió, a los 62 años, en Beaconsfield, fue llorado por sus incontables amigos.
Pero es inmortal. Podemos decir que el mundo volverá siempre a sus páginas, pues la lectura de Chesterton hace bien. En "Lectura y locura" habla de variados temas, fruto de su original sabiduría, variada experiencia y la rápida síntesis que lo caracterizaba. Veamos una de sus ideas: "El dinero, por ejemplo, es un símbolo: símbolo del vino, los caballos, los trajes bonitos, las casas de lujo y la tranquila tienda junto al río. El avaro es un loco. Prefiere el dinero a todas estas cosas; antepone el símbolo a la realidad".
Los ensayos del libro pasean al lector por variados temas. En "Inglaterra y la caricatura", escribe: "La literatura inglesa ha sabido extraer y enfatizar una espléndida idea. Jamás es mencionada en los discursos patrióticos ni en los libros sobre la raza y la nacionalidad, y sin embargo es la gran contribución del temperamento inglés a lo mejor de la vida en el mundo". Se refiere al "uso humanitario de la caricatura". ¿Por qué? Porque, recuerda, que Julio César era calvo y "no podía ocultarlo ni con todos sus laureles"; y que Guillermo de Falaise, el fabuloso guerrero y cazador, lanzó una cruzada extraordinaria contra un cómico francés porque le llamó "gordo". Entonces, reflexiona: "Aquel que parece más que un hombre necesita que le recuerden que no es más que un hombre".
Leyendo a San Francisco, afirma que: "El monje franciscano sólo tiene consciencia de su poco valor; no es consciente de su alegría". Esta paradoja, estima, es "la raíz de toda la ironía y fantasía que suscita en un hombre moderno la lectura de estas narraciones".
Estos ensayos de una voz inconfundible, se suman hoy a otros libros suyos que han retornado, devolviéndonos a un escritor que abunda en verdades eternas.
NOVEDADES EDITORIALES. Un libro singular es el reciente "El oficio de la ilusión" (Banda Oriental), de Gabriel Peluffo Linari, arquitecto e investigador de la historia del arte nacional y latinoamericano. Este volumen se enriquece con las crónicas de artistas del novecientos, las que de manera seductora van dando cuenta del sugestivo significado histórico de las obras que trata y de numerosos testimonios.