MARCELLO FIGUEREDO
Dado que hoy no me apetece amargarles el domingo opinando sobre el eterno retorno de la Ley de Caducidad, ni sobre la última comparecencia del amnésico Gregorio Álvarez a los juzgados, ni sobre los anacrónicos insultos de los simpatizantes de Plenaria Memoria y Justicia, voy a despacharme a gusto sobre otros actores: los que nos alegran la vida. Como habrán visto, el febrero que acabamos de dejar atrás fue un festín de estrenos amenizado por la resaca del Oscar. Así que para empezar, bravo por el pintún y dúctil Hugh Jackman, que nos hizo la ceremonia menos tediosa que de costumbre. Bravo por Kate Winslet, que por fin se llevó el premio a casa, y un mea culpa retroactivo por haberla creído, mientras el Titanic se hundía y Leonardo Di Caprio ascendía al estrellato, tan sólo una gordita empalagosa. En Secretos íntimos ya se había vuelto una loba de mucho cuidado (y memorable delantera), y en Sólo un sueño se revela como un mujerón que vuelve a moverle el piso al afortunado Leo. Esperamos ansiosos El lector, querida Kate.
En cuanto a las colegas que este año dejó por el camino, un par de palabras sobre cada una, para respetar el nuevo estilo de la Academia. La monstruosa Meryl Streep regala, en La duda, un remate antológico de aires teatrales que vale la entrada al cine. Su magistral y cronometrada explosión de llanto me recordó a la Estela Medina del final de Todo terminó, en cuyo último y desgarrador parlamento la protagonista se lamentaba por no haber sido feliz. En Río helado, Melissa Leo le pone garra a una mujer desesperada que se embarca en la arriesgada aventura de traficar inmigrantes ilegales en la frontera de Estados Unidos. La película es pequeña y grande al mismo tiempo, y ella está medida, formidable. Bravo. Anne Hathaway puede esperar tranquila (ya tendrá su Oscar), y Angelina Jolie patina (literal y metafóricamente) en El sustituto: aparece vestida a la usanza de los años `20, pero hay algo en su voz, sobre todo cuando llora, grita y enronquece, que nos devuelve al siglo XXI. Es como si debajo de su producidísima estampa, que evoca a las mujeres de los cuadros de Edward Hopper, le viéramos los tatuajes del tobillo o el antebrazo.
Bravo por Sean Penn, que dota del amaneramiento justo a su Harvey Milk y sale airoso de un delicadísimo papel. Bravo, mil veces bravo, aunque no haya ganado, por Mickey Rourke. Su tour de force en El luchador es tan descomunal que lo disfrutamos hasta cuando camina de espaldas a la cámara. Al redivivo actor lo acompaña una no menos asombrosa Marisa Tomei, cuya prostituta algo pasada de edad exuda sinceridad por todos los poros. Debió haberle arrebatado el Oscar a Penélope, pero en fin. Bravo por ellos. Por último, no resisto la tentación de decirles que ¿Quién quiere ser millonario? me resultó un entretenimiento muy lineal y algo cursi, un film que banaliza incluso la tortura. Y ahora los dejo, porque me falta ver a Frank Langella en la piel de Nixon. Disfruten del banquete. Ya es marzo, y me temo que no nos espera un año de película.