JAVIER GARCIA
Cuántos muertos de un lado y del otro, cuántas delaciones de un lado y también del otro, cuántas culpas de los dos lados, cuántas veces debieron pedir perdón, y no lo hicieron ni de un lado ni del otro. El miércoles pasado, otra vez, los señores del túnel del tiempo robaron minutos de informativos y usaron las instituciones del Estado de Derecho para manosearlo y desconocer la voluntad popular.
El jueves de mañana, en ningún barrio de Montevideo, ni pueblo o ciudad del interior la gente debatía ni le importaba lo que había pasado el día anterior donde algunos políticos se habían fabricado un circo, en el cual divertirse un rato.
Hay tantos temas que afligen que se podía haber dedicado un minuto a encararlos. ¿No hubiera sido productivo que el oficialismo citara, con la misma celeridad, a la Asamblea General para debatir sobre la inseguridad? Sin embargo la invitación fue para dividir, no por los temas de hoy, que valen la pena, sino por aquellos que empezaron hace 45 años.
Mi generación nació el mismo año en que los tupamaros hicieron su primer operativo en el Tiro Suizo. Desde allí hasta hoy, ellos y luego los militares que dieron el golpe de Estado, nos tienen en la mira. Ahora se escriben cartas como la que escribió Gavazzo a Mujica en "Búsqueda" de esta semana y afloran guiños de complicidad mutua y solidaridades de "combatientes".
En libertad, nuestra generación y la que nos sigue, estamos presos de estos que flirtean con la sangre de otros. En su reciente libro "Historias tupamaras", Leonardo Haberkorn, señala que, ¡oh! casualidad, los tupamaros apuntan como responsables de los atentados más duros a miembros del MLN que están muertos hoy y por lo tanto no pueden defenderse, o a delatores como Amodio Pérez. El resto, parece, eran todos Santos, ninguno disparó un tiro y tenían vocación de Boy Scouts.
Del otro lado se califica, impúdicamente, como "actos de servicio" a violar la Constitución, matar, torturar y robar encaramados en el poder de las bayonetas. Violaron todas las leyes, y además un uniforme sagrado como el que vistió Artigas y con el que se juró defender la Constitución, que se vejó.
Hay dolor y sufrimiento legítimo y entendible en muchas familias que perdieron hijas e hijos y en niños de antes que perdieron padres, de ambos lados, porque el dolor no es monopólico.
Pero también hay un interés general que es el de los padres e hijos de hoy, que no hay derecho en ponerlos de rehenes durante cuarenta y cinco años.
Lo del miércoles fue una fantochada. Si la ley de Caducidad es mala, póngale el término jurídico que le plazca, que la deroguen, tienen votos para hacerlo en cinco minutos. No lo hacen porque el interés es que permanezca como tema electoral. Para el oficialismo la agenda del siglo XXI es la de los "combatientes" (soldados se dicen entre ellos) de ambos lados de hace cuarenta y cinco años atrás. Como le dice Gavazzo a Mujica en su carta, ellos se "entienden". En apariencia son distintos, pero son socios.
Hay otra agenda, la de este jueves de mañana: la del padre en el seguro de paro o sin trabajo, la de los robos de la noche anterior, la de la madre haciendo piruetas para conseguir los útiles escolares para el lunes, la de los productores que miran al cielo luego de mirar con tristeza la tierra.
No me gusta caer en el adjetivo fácil, pero es que no encuentro otro mejor que revele lo que la inmensa mayoría sentía el miércoles cuando veía los informativos: nos tienen podridos.