Alexander Laluz | Mucho antes que García Canclini impusiera el término "hibridación", el musicólogo argentino Carlos Vega ya hablaba de los procesos de mixturas musicales en la cultura popular. Ese cruce de prácticas que, más allá de las modas o proyectos "puristas", es parte de cualquier proceso creativo. El fenómeno, que resiste la empecinada vocación etiquetadora de los académicos, se ha convertido en una suerte de programa estético para muchos artistas.
Tal es el caso Carlos Alberto Rodríguez que acaba de lanzar Luna de plata (Sondor, 2008), su último disco. Un ambicioso trabajo en el que recorre muchas de las expresiones de la (mal) llamada canción folklórica, con un planteo abiertamente ecléctico. Punzantes milongas al mejor estilo de Gastón Ciarlo "Dino". Zambas, valses, aires mexicanos, y también un uruguayísimo abordaje de la salsa (Plástico, de Rubén Blades). En cada caso, integrando instrumentaciones y colores armónicos muy diversos. Pero el punto más fuerte de Luna de plata es, sin lugar a dudas, la sutil y afinadísima interpretación vocal de Rodríguez.