MARíA JULIA POU
En estos días de febrero nos resulta oportuno reflexionar sobre el origen de esta fiesta popular tan típica de nuestro país, especialmente como expresión cultural que involucra música, poesía, actuación, y sobre todo, participación de mucha gente que en estos días, sin abandonar sus tareas habituales, se aboca a ser protagonista. Nos parece una buena oportunidad para hacer un poco de arqueología e ir a los orígenes históricos del nombre que hoy le damos a este tiempo -más que días o semanas- de Carnaval.
Tenemos que remontarnos a tiempos lejanos e impregnados de significados religiosos para entender las circunstancias que llevan a acuñar el vocablo que nos ocupa. Parecería que hay consenso en señalar al latinazgo "carnem levare" -como equivalente a dejar la carne- aunque en realidad esto se refería a los días posteriores, en que la abstinencia y el ayuno serían la norma. Es decir, que las fiestas que se conocerían luego como Carnaval -allí sí "vale carne"- no se entenderían sin la Cuaresma, época de purificación que comienza el miércoles siguiente al llamado "martes de ceniza", "fastnacht" -víspera de ayuno- para los alemanes, "o "mardi gras" -martes graso- para los franceses. En resumen se marca de una manera distinta la eterna lucha entre la carne y el espíritu, entre el vicio y la virtud, entre el bien y el mal. El maniqueísmo siempre resulta una tentación… de la que es bueno evadirse.
Pero como tantas cosas en la historia de la humanidad, para llegar al inicio de las manifestaciones que luego dieran nacimiento a lo que hoy conocemos como Carnaval, debemos internarnos en las costumbres paganas de los primeros tiempos, en las crónicas sumerias, en referencias de la historia de Roma hasta que luego fueron -como tantas otras- objeto de sincretismo y llegaron a la Edad Media. Un detalle no menor puede descubrirse en la relación con el culto griego al dios Momo -palabra carnavalera por excelencia- titular de la burla y el sarcasmo, quizás de los ingredientes que con más fuerza han llegado a nuestros días. En nuestro país el carnaval es altamente deudor de las comunidades afrodescendientes que imprimieron características -sonidos de bombos y tamboriles, ritmos afro latinos, vestimentas que van desde las levitas hasta los atributos de las reinas y princesas- que en la actualidad son sello y marca de las agrupaciones carnavaleras. Como dice Alicia Martin en un trabajo acerca del Carnaval, lo que se inició como un componente de relaciones de identidad étnica fue evolucionando -a raíz de la expansión de la ciudad hacia los barrios- hacia nuevas formas de hibridación cultural y fueron los nuevos lazos de vecindad los que dieron nacimiento a las murgas: se reunían 15 o 20 muchachos en un barrio para cantar y producir ritmos al son de tambores y luego se juntaban con otras similares para participar en un desfile de comparsas. Lo que se inició con ritmos como el candombe, rumba, milonga fue dando paso a las parodias de canciones populares y en esa modalidad nos llega hasta nuestros días. Con el crecimiento de la ciudad fueron naciendo los "tablados" que nos traían a los barrios el ritmo y la alegría del carnaval.
De las "Carnestolendas" -término usado en el siglo XIII-, mucho se ha modificado el verdadero sentido del Carnaval.