Hace una semana los medios de prensa informaron sobre un hecho que levantó polvareda hasta en el seno del propio gobierno. Sucedió que la Universidad de la República invirtió US$ 217.000.00 (doscientos diecisiete mil dólares) en la compra de doscientos cincuenta butacas para el Paraninfo. Es notorio que la enseñanza vive reclamando mejores dotaciones presupuestales las cuales, por lo general, se invierten en mejorar sueldos a los funcionarios docentes y administrativos. Rara vez, ese dinero que es de todos los uruguayos se destina a mejorar la calidad de la enseñanza misma o a la adquisición de edificios, materiales de estudio, o instrumental de investigación, pero hasta ahora no habíamos visto aplicar semejante gasto para la más cómoda instalación de sus asentaderas al público que concurre al Paraninfo de la Universidad, que ni es tanto, no lo hace con demasiada frecuencia.
¿Qué sucedió? Pues que de la dotación presupuestal asignada a la Institución sobró dinero, por lo cual con ese excedente el Rector decidió hacer esta compra.
El ministro de Economía y Finanzas, tuvo que explicarle al jerarca universitario, que no existe obligación de gastar toda la asignación presupuestal, y que el dinero que sobra es tan dinero útil como el invertido, por lo cual lo que corresponde es devolverlo para satisfacer otras necesidades. Parece mentira que estas cosas elementales haya que explicárselas nada menos que al rector.
Las explicaciones que se han dado para justificar la compra, son poco menos que extravagantes.
Aclaremos desde ya, que el procedimiento seguido fue tan prolijo como inobjetable, con llamado a licitación a la cual se presentó una sola empresa que es proveedora habitual de la Universidad, cuyo prestigio en plaza es reconocido. Por consiguiente, aunque alguien que trabaja en la venta de butacas para anfiteatros y cines -que además se identificó- haya notado "algo raro" en esto ya que en el precio de venta de butacas nuevas hay variadas ofertas, no vamos a insinuar nada irregular, ni de parte de las autoridades universitarias, ni mucho menos de la empresa adjudicataria.
Lo que no tiene sentido es, por un lado la decisión de la erogación, y por el otro, que a nadie se le haya ocurrido devolver el dinero que sobraba, o, como lo denunció un estudiante, destinarlo a reparar edificios de facultades que se caen a pedazos.
Quienes llevaron adelante este disparate, argumentan con que es fundamental tener un Paraninfo de primera categoría. Nadie discute esto, pero todo se hace de acuerdo con las disponibilidades de cada uno. Se argumenta también con que las butacas compradas son cómodas y resistentes, lo cual es lo menos que se puede pedir a un lote de muebles que cuestan alrededor de ochocientos setenta dólares por unidad. Entretanto, sólo la solidaridad de empresarios uruguayos que se adelantaron al despertar del ministro Agazzi sobre la falla del servicio de meteorología que lo llevó a convencerse que iba a llover el fin de semana del diez de enero -por lo cual el tema de la sequía no era importante, mientras productores caían en depresiones agudas al borde de suicidios y los animales comían tierra para sobrevivir- aportó recursos para combatir una calamidad como hace tiempo que el país no sufre. Con la mitad del costo de las butacas de oro, el Sr. Gramont donó trigo de primera calidad para ponerle el hombro al país, y otros ejemplares ciudadanos siguieron el mismo camino.
Pero la obsesión por el Paraninfo, lugar emblemático porque lo han visitado personalidades célebres, pero especialmente porque allí disertó una vez un asesino llamado "Che Guevara", pudo más que el deber de restituir el dinero al Tesoro Nacional, para que éste le diera curso a la búsqueda de soluciones a un drama nacional.
¿Justo ahora le ha venido al Rector el escozor por la presentabilidad de ámbitos solemnes, cuando legisladores en los plenarios y ministros en comisiones parlamentarias acuden con termo y mate y sólo falta verlos con musculosas, bermudas y ojotas?
No objetamos la legalidad de esta determinación, pero no es ése el problema. Es cuestión de sensibilidad, de sentido común, de criterio y por supuesto, en definitiva, de imagen, nada más. Ni nada menos.
Distintas personalidades del Frente Amplio a quienes se les consultó al respecto, prefirieron no opinar.
Es lo mejor que pudieron hacer para evitar pedir una renuncia.