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ÁLVARO CASAl
Una tarde de hace más o menos diez años, en la entrada del Metropolitan Museum de Nueva York observé una cara conocida que escrutaba carteles. No me daba cuenta de quién era aquel personaje, pero advertí que lo conocía. Tal vez notó que lo estaba mirando y se acercó sonriente. Me preguntó si sabía dónde estaba la exposición de arte egipcio. Le dije que estaba en el piso superior. También le dije: "Pero usted es John Updike, ¿no es así?"
Rió y se achinaron sus ojos. Contestó: "¿Cómo lo supo?"
"Porque vi su foto tantas veces en las contratapas de sus libros". Pareció asombrado al enterarse de que era leído por uruguayos, en esos libros que exhibían su foto juvenil. Mientras yo trataba de explicarle que Uruguay era un país pequeño entre dos gigantes, quedó unos instantes como en animación suspendida. Le pregunté si ubicaba a Uruguay. Asintió con la cabeza y nuevamente quedó quieto. ¿Se imaginaba a los nativos bajando de los cocoteros para recibir sus libros de manos de un buhonero? ¿Veía en su imaginación gauchos lectores? No dijo nada.
Propuse que nos tomáramos una foto juntos. Pero fuimos víctimas de una cámara demasiado moderna. Falló la máquina o fallamos nosotros, los mamuts del plioceno que creímos que aquel aparatito seguía emparentado con las máquinas de Cartier Bresson o Man Ray. Por lo tanto no quedó ninguna imagen que testimoniara aquel encuentro.
Antes de despedirse acotó que vivía en un pueblo cercano, por lo que debía apresurarse a ver la exposición y volver a su casa. No quería llegar en la temprana oscuridad que sobrevendría esa tarde.
Así que vivía en un suburbio. Adecuado para Updike, que hizo la vivisección de la vida suburbana norteamericana a partir de "Corre Conejo" (1960) y en la saga de novelas sobre "Conejo Ángstrom". La que lo hizo archifamoso.
El pasado martes, su agente literario anunció que John Updike había muerto a los 76 años. Tenía cáncer de pulmón. Nunca llegó al Premio Nobel pero sí al Pulitzer por dos veces. Gracias a "Conejo es rico" y "Conejo en paz".
Los que Tom Wolfe describiría como marxistas rococó, aplaudieron las novelas en las que se dijo que hacía "una crónica del adulterio suburbano". Los adoradores pero no habitantes de los bloques de viviendas grises al uso moscovita, querían una crítica al estilo de vida norteamericano. Ese que ha dado lugar a elegantes barrios que son zonas residenciales de clase media.
En realidad no había escrito críticas sino lo que él entendía por novela: "una obra que nos trae noticias sobre nosotros mismos". Aunque no parece ser que él se sintiera identificado con Harry Ángstrom sino más bien con Henri Bench, a quien ubicó en varios "best-sellers".
Al morir llevaba escritas unas 25 novelas y resulta difícil saber qué rumbo habría tomado su escritura si su vida hubiera continuado, ya que su última obra, titulada "Terrorista" y publicada en 2006, trató de penetrar en la embrollada mente de un fundamentalista.
Pero la cuestión es que John Updike ha muerto y con ello ha creado una noticia sobre sí mismo donde vienen encaramados los recuerdos de aquella tarde fría, en el Metropolitan, donde su silueta ligeramente encorvada, quedó fijada en la retina tan fuertemente como su rostro sonriente y gentil.
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