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MARCELLO FIGUEREDO

Debe ser el efecto que provoca en uno la vuelta de las vacaciones, pero no saben ustedes lo susceptible que he estado esta semana.

A tal punto, que no alcanzo a discernir qué me ha impresionado más: Petru Valenski de saco y corbata en la uruguayísima Gala del Oscar (prepárense: este año la pasaremos de gala en gala); el Partido Comunista desafiliando al camarada Héctor Morales por adherir a una marcha antiimperialista en repudio a la visita de Bush (sorpresa: queda un comunista coherente); el intendente Ricardo Ehrlich sacando al mercado una buena porción de la rambla montevideana, cementerio y clubes varios incluidos (pregunta: ¿quedará algo sin vender cuando termine la era progresista?); o la Presidencia de la República explicando que financió su acto de masas con el dinero que ahorró en viajes y viáticos durante un año (sin comentarios).

Pero puestos a revisar las noticias más impresionantes de un verano que está a punto de esfumarse, con sus puentes cerrados y sus crímenes abiertos, con su buen clima y su mala praxis, ninguna tan desalentadora como la que, casi al pasar, ha dejado caer la Dirección Nacional de Migraciones: unas 17 mil personas abandonaron el país el año pasado.

La cifra representa casi el doble de las que lo hicieron en 2005 y se acerca peligrosamente a la del año 2000, cuando comenzó una ola migratoria que alcanzó su pico entre 2002 y 2003, con algo más de 50 mil compatriotas en retirada.

Según publicó el semanario Búsqueda, el dato es lo suficientemente alarmante y complejo como para despistar incluso a los demógrafos más avezados, que no terminan de comprender qué está pasando.

Una hipótesis de trabajo permite sospechar que buena parte de quienes emigraron en solitario hace un lustro habrían vuelto al país para poner sus papeles en orden y llevarse consigo a sus familiares.

Otra, que de momento sólo dictan el olfato y la sensación térmica (no la opinión de los expertos) sugiere que al pelotón de apremiados de todas las edades que la última crisis económica expulsó del país, aventurándolos al exilio aun cuando no tenían las mejores herramientas para competir en el mundo real, ahora se estarían sumando los jóvenes más capacitados, los que tienen uno o dos títulos bajo el brazo y precisan horizontes más anchos para satisfacer su vocación o encontrar una paga acorde con su formación y su talento.

En cualquier caso, el país se sigue vaciando. Por mucha alfombra roja que tendamos para imitar brillos ajenos, por mucha visita ilustre que encrespe los ánimos, por mucho equilibrio macroeconómico que exhiba el gobierno a la sombra de Artigas, por mucho que los operadores inmobiliarios se deslumbren con nuestras vistas y quieran comprar hasta el último metro cuadrado disponible, el paisaje del futuro no parece muy alentador.

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