Violencias

ALEJANDRO NOGUEIRA

Algunos episodios de violencia contra médicos de parte de pacientes o, más frecuentemente, de familiares, han despertado el celo de los profesionales de la salud que se lamentan de esta situación, naturalmente la repudian, y señalan problemas de "comunicación" con la comunidad ocasionados por la falta de tiempo que les provoca el multiempleo.

Probablemente, estos hechos han aumentado, como han crecido las violentas respuestas de defensa propia de los ciudadanos agredidos por el delito. Son ambas, creo, expresiones del ciudadano inerme ante el poder indiscriminado y arbitrario de otros, sea del delincuente, sea del "brujo de la tribu", sin pretender con esto equiparar ambas profesiones. Denotan que hay muchos ciudadanos hartos de que los agredan, sea para robarlos, sea en el descuido de su salud o la de sus seres queridos.

Los sistemas que no funcionan bien (de seguridad, de salud, etc.) dejan al individuo impotente, librado a sus propias fuerzas, a su capacidad de reacción, en momentos de gran stress emocional, como son los que genera un acto de violencia o de omisión o falla de quien tiene las llaves de la salud y de la vida.

Si luego la Justicia libera al comerciante que mató al rapiñero que amenazaba a su hija embarazada, la mayoría de nosotros nos identificamos con ese hombre y aplaudimos al señor juez y denostamos a la Policía y a la ministra del Interior. El contexto social, económico y político que puede explicar la relativa indefensión ciudadana ante el ladrón, eventualmente asesino, nos interesa un ardite si quien está en riesgo es un hijo, una esposa, uno mismo. Tampoco nos interesa el pluriempleo médico, su eventual baja remuneración, o el ataque al hígado del galeno que pueda explicar su omisión, su error, o sencillamente su falta de consideración por el estado espiritual de quien necesita estar informado y contenido ante la enfermedad y la muerte.

Los rapiñeros parecen estar reaccionando con más violencia, con agresión preventiva, ante el reflejo de autodefensa de las personas aisladas y frágiles que nada pueden esperar sino de sí mismas en semejante trance. Muchos médicos parecen estar reaccionado con menos autocrítica que proactividad en encarar lo que les compete en el problema, que es bajar del Olimpo y encarar el dolor ajeno y en ser concienzudos y diligentes en su tarea, sin excusarse en condiciones adversas de trabajo o exceso de tareas por correr de un consultorio a otro, a lo que no están obligados más que por su natural afán de progreso material.

Y, como en el caso de la violencia, en la medicina y en la salud hay también un marco institucional que puede ser más o menos adverso, más o menos eficiente.

La pequeña válvula abierta para que los ciudadanos ejerzan pacíficamente su derecho de irse de donde se consideran mal tratados o mal atendidos con la acotada liberación del corralito mutual, no operará positivamente sobre el buen ánimo de los pacientes que siguen prisioneros, pese al compromiso asumido por este gobierno de terminar con esta barbaridad, y sumarán a cualquier disconformidad que ya tengan la bronca de su falta de libertad.

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