Dichos y hechos

Juan Oribe Stemmer

El discurso inaugural del presidente Obama fue deliberadamente sobrio y realista. Advirtió a sus conciudadanos que "estamos en medio de una crisis" y que "nuestra nación está en guerra, contra una red de violencia y odio de largo alcance. Nuestra economía está muy debilitada, una consecuencia de la avaricia e irresponsabilidad de parte de algunos, pero también de nuestro fracaso colectivo para tomar difíciles decisiones y preparar la nación para una nueva era". A pesar de ello, continuó, estaba convencido de que los desafíos que enfrentan los Estados Unidos serán superados.

La referencia a las amenazas externas no fue una novedad, especialmente después de los cruentos atentados del 11 de septiembre del 2001. Lo que representa un cambio fundamental es la política que habrá de seguir para enfrentarlas.

Obama declaró que "en lo referente a nuestra defensa común, rechazamos como falso tener que escoger entre nuestra seguridad y nuestros ideales" y recordó que las generaciones anteriores "resistieron firmemente el fascismo y el comunismo no sólo con tanques y misiles, sino con alianzas sólidas y convicciones perdurables. Ellos comprendieron que solo nuestro poder no nos puede proteger, ni nos da el derecho a hacer lo que queramos". Es realista reconocer el poder de las ideas.

El segundo día de su presidencia, Obama suscribió tres decretos que desmantelan la estructura construida por su predecesor, de prisiones especiales, tratamientos extraordinarios, un eufemismo para tortura, al margen de las convenciones internacionales y de la propia Constitución de los Estados Unidos.

Los decretos ordenan el cierre, antes de un año, de la prisión de Guantánamo, destinada a sospechosos de pertenecer a la red terrorista de Al-Qaeda; establecen normas precisas para el tratamiento de los prisioneros de acuerdo a las convenciones de Ginebra y el derecho interno de los EE.UU.; disponen el final del sistema de prisiones clandestinas y del transporte de prisioneros entre terceros países; y crean una comisión encargada de definir nuevas reglas para la detención, juicio, transferencia y liberación de detenidos en conexión con conflictos armados y operaciones contra el terrorismo.

Los decretos eliminan el complejo, y en buena medida clandestino sistema creado durante la anterior presidencia, de dudosa legalidad y que despertaba crecientes críticas en el exterior, y también en los Estados Unidos, y avanzan en el establecimiento de un nuevo marco jurídico que, operando dentro del derecho internacional y nacional vigente, asegure una adecuada defensa del país frente a la amenaza que representan Al-Qaeda y otras organizaciones terroristas.

Pero, sería un grave de error deducir de esas medidas que el presidente Barack Obama y su gobierno pertenecen al campo de las "palomas" en materia internacional.

El discurso del nuevo presidente, la composición de su gabinete, incluyendo a Hillary Clinton, los veteranos políticos designadas como enviados ante los gobiernos en escenarios delicados, como Medio Oriente, Pakistán y Afganistán, y los fundamentos invocados en los tres decretos que se acaban de firmar, revelan una visión sólida y realista de los desafíos exteriores que enfrentan los Estados Unidos, los cuales, en muy buena medida, son compartidos con los demás países democráticos.

Como escribió alguien, todo indica que Obama es un "halcón", pero, un "halcón" inteligente.

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