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Viernes 23.01.2009, 19:12 hs l Montevideo, Uruguay
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Editorial

De dónde

Leonardo Guzmán

Saramago se pregunta en El País "de dónde sale Obama", pleno de "perplejidad por ver que la época en la que vivimos, cínica, desesperante, sombría y por mil aspectos terrible, ha engendrado una persona que alza la voz para hablar de valores, de responsabilidad personal y colectiva, de respeto por el trabajo y por el recuerdo de quienes nos precedieron".

La pregunta cabe: para generaciones enteras resulta nuevo el estilo de un Presidente que, cundido de apremios, inaugura su tiempo como "persona que alza la voz" para afirmar principios permanentes.

Es que por un realismo de pacotilla, muchos se habituaron a esperar de los gobernantes únicamente soluciones de cortísimo plazo; y por una pretendida ciencia, muchos ven en la política sólo un pegamento para intereses de clase y pasiones menores, al punto de no creer nunca las declaraciones de intención y de escudriñar siempre tras bambalinas.

Para esa laya de enfoques, la política se recocina en su propia salsa y nunca puede poner miras sinceras en lo que debe ser. Entonces, ¿de dónde sale este Presidente que llama a vencer el miedo a punta de esperanza y frente a la crisis alza valores morales y permanencias? Sus definiciones preelectorales pueden rastrearse en John F. Kennedy; y más aun en Franklin D. Roosevelt, que resolvió la Gran Depresión con el New Deal, de base keynesiana.

Pero el estilo de Barack Obama parece provenir de raíces mucho más lejanas, de esas que suelen olvidar quienes explican la vida pública prescindiendo del sentir y el pensar -es decir, del hombre- que aprende lo absoluto y universal desde la circunstancia que le toca. Tiene algo de la vieja siembra que un día germinó -La Fayette por medio- en la Revolución Francesa y otro -pulso de Artigas- inspiró las Instrucciones del Año XIII.

Si tras 43 predecesores blancos llega un afronegro a la Presidencia, si en el país de los músculos olímpicos fue elegido un enjuto y si el paraíso de los números vuelve la vista a los conceptos básicos, es porque debajo de los turnos gubernativos la libertad hizo su obra, encarnando por sobre los odios atávicos el sueño igualitario de Martin Luther King, dejando de estigmatizar a los "alfeñiques de 44 kilos" que humillaban los avisos de Charles Atlas y retomando un modo hondo de discurrir que fue base del May-flower y del hombre de bien de Benjamín Franklin.

En definitiva, esto que dice Obama viene a enfrentar -ojalá a tiempo- la gran desviación cultural que Pitirim Sorokin evidenció hace 50 años en los mismos Estados Unidos, cuando denunciaba que "las teorías actuales sobre la personalidad"… "hacen hincapié sobre las tendencias animales, sadistas y masoquistas del hombre y pasan por alto las facultades creadoras, altruistas y sublimes. La fuerza creadora más elevada es considerada como un reflejo o impulso biológico; el genio, como un neurótico anormal; la inspiración más noble, como un complejo subnormal". Y agregaba: "todas estas teorías no son más que ideologías pseudocientíficas, carne y sangre del orden sensorial en decadencia; sus criaturas, formadas a su imagen y semejanza, deben su éxito a su íntimo parentesco con la cultura materna negativista."

Cualesquiera sean los grados de intervención del Estado que haya de proponer Obama, en su reivindicación de la idealidad late una respuesta radical a la decadencia del concepto del hombre en que se ha chapaleado en los últimos años.

¡Aleluia, porque la caída de la persona es la ruina de la libertad!

El País Digital

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