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Antonio Mercader
Hace exactamente medio siglo, en un verano más tórrido que el actual, seis hombres -cuatro uruguayos y dos estadounidenses- almorzaban en la sala del directorio de la textil Lanasur. El presidente de la textil y anfitrión, Juan José Gari, brindó con sus huéspedes de honor, el embajador de Estados Unidos, Robert Woodward, y su asesor político, Howard Hunt. Los otros comensales -Benito Nardone, Pedro Zabalza y Faustino Harrison- representaban al partido que acaba de ganar las elecciones, el partido Nacional.
Para Woodward era una reunión crucial pues diez semanas antes había errado al vaticinar ante el Departamento de Estado otro triunfo del partido Colorado, con el que tenía más contactos. Ahora trataba de hallar nuevos interlocutores en el gobierno que asumiría el 1º de marzo de 1959. El almuerzo en Lanasur lo había arreglado su asesor, Hunt, quien años después, como jefe de los "plomeros de Watergate", sería el centro del escándalo que le costó la presidencia a Richard Nixon.
En la sobremesa, Woodward deslizó su inquietud por saber cuánto pesaría en el nuevo gobierno Luis Alberto de Herrera, el caudillo de 85 años, artífice de la victoria nacionalista. Nardone, que parecía llevar la voz cantante, replicó que Herrera no había sido electo para cargo alguno y que no gravitaría. Harrison y Zabalza asintieron. El embajador no quedó convencido y en su reporte del almuerzo expuso su temor por la influencia de Herrera al que tildó de "antinorteamericano".
Por entonces, Herrera estaba en el índex del Departamento de Estado por su oposición a la instalación de bases estadounidenses en suelo uruguayo en la Segunda Guerra Mundial. No habían pasado dos décadas de aquel encontronazo cuando su sombra reaparecía en los mensajes cifrados entre Montevideo y Washington. Eran tiempos de la Guerra Fría y la Casa Blanca aplicaba el viejo principio bélico: el que no está conmigo está contra mí. El "no" de Herrera a las bases aún escocía.
A la sazón, expertos en Uruguay tan reputados como Philip Taylor, de la Universidad de Tulane, definían a Herrera como "un antiyanki visceral" y probablemente un "pro nazi con aspiraciones de dictador". Opiniones tan ridículas tenían despistada a la cancillería de Washington al punto que algunos cables describían a Herrera como "un viejo general retirado" capaz de desalinear a Uruguay de la "línea panamericanista" predicada por el presidente Eisenhower. Ignoraban que aquel hombre era ante todo un nacionalista, proclive a la equidistancia entre las potencias como lo dejó escrito en varios de sus libros.
Herrera se indignó por el almuerzo en Lanasur y llegó a hablar de "traición a la patria". Enfermo y achacoso como estaba, había sido marginado por quienes iban a convertirse en miembros del Consejo de Gobierno y en ministros. En cierta forma era injusto pues aquel veterano de mil batallas políticas había tejido la coalición vencedora y, gracias a su intuición, el ruralismo de Nardone había sumado votos decisivos al nacionalismo.
El verano de 1959 siguió entre preparativos y rumores, con Woodward viendo fantasmas a la sombra de Herrera, a quien describía como potencial "golpista". Pero si había golpistas ellos eran ciertos militares colorados adictos al gobierno saliente que conspiraron para rebelarse el día del cambio de mando, como después se confirmó. Woodward ni se enteró, aunque a principios de abril cesaron sus pesadillas cuando supo que Herrera había muerto en la noche en que empezó el aguacero más largo que el Uruguay recuerde.
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