ANDREA DURLACHER
El burgués clásico denominará "peludos" a los artesanales hombres de Valizas, pero se equivoca; allí la cabeza rapada acompañada por una sorpresiva trenza de veinte centímetros, extendida atrás como una larva gigante, es el último grito de la moda capilar. Flacos, bronceados, desaliñados, tienen entre veinte y cuarenta años. Sé que prejuzgo: capaz que algún gordito de la vuelta se ducha lo mismo o menos que ellos, pero por su andar se les pega el polvito, con inocencia o deliberación.
Si osas juzgarlos, se vengarán en silencio, te harán sentir ridículo por vestir algo inútil, como medias o alhajas no fabricadas con maderas y cuerditas.
Ojo, alguno dirá que en ese desapego hay sabiduría (bañarse, peinarse, vestirse, calzarse… eventos tan vanos como prescindibles); pero creo que las modas grupales le comen tanto tiempo al usuario como a Paris Hilton. En Valizas hay algún niño. Vestido como los papás, flaco, lleno de arena y estilo independiente.
Enfrente al puesto "El Humito" vi a un tipo (de pelo largo, moda del verano pasado) chorreante y casi desnudo: me imagino que mientras "mutaba" descalzo por ahí se le ocurrió darse un chapuzón marino y ta, cuando se quiso acordar ya había vuelto a la calle. Todos llevan la seña de la generación Valizas, salvo una señora, le doy sesenta, que paseaba de camisa con hombreras. A Valizas no entra nada parecido a una hombrera, así que la estimo lugareña, porque las hombreras le crecieron ahí por generación espontánea. Pero veo mega autos y camionetas: ¿son ellos los dueños? Quizá sí, ¿por qué los bohemios coherentes no pueden comprar chiches caros?, ¿cuando juraron la bandera dijeron "soy pobre"? Y si no son, ¿dónde están los dueños?, ¿asustados, escondidos? Imposible, en Valizas nada se esconde. Como en la edad de piedra, el conventillo o el paraíso: lo más íntimo sucede en la vía pública, sin privaciones.