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Miércoles 31.12.2008, 22:50 hs l Montevideo, Uruguay
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Internacional

Fidelidad y desilusión en el aniversario de revolución

Cuba. Hay cada vez más apatía y rechazo entre los jóvenes

SANTIAGO DE CUBA

ISABEL SÁNCHEZ, AFP

Con la autoridad de sus 85 años y de haber ayudado a Fidel Castro a hacer la revolución, Dulce María Arranz sentencia a medio siglo del triunfo: "No me gusta el comunismo, pero tampoco Estados Unidos. Falta mucho por hacer".

Reclinada en una butaca en su vieja casa frente a la emble- mática escalinata de Santiago de Cuba, la anciana recuerda cuando con la fogosidad de su juventud vivió la vorágine que acabó con la huida, en el Año Nuevo de 1959, del dictador Fulgencio Batista.

Cercana a la Sierra Maestra, tierra caliente e históricamente combativa, cuna de mártires de las guerras de independencia, Santiago fue la primera ciudad en levantarse en 1956 para apoyarlo cuando desembarcó con 81 hombres para pelear.

"Santiago rebelde, hospitalaria hoy, heroica siempre", rezan afiches de un Fidel fusil en alto, que en la conmemoración del 50 aniversario adornan esta ciudad, 900 kilómetros al sureste de La Habana, donde el líder vivió parte de su infancia.

En el parque de Santiago ante una multitud enardecida, Castro proclamó la victoria la noche del 1º de enero de 1959, y será allí donde su hermano Raúl, que lo sustituye desde que enfermó en julio de 2006, encabezará mañana la conmemoración.

Como en toda Cuba, en esta ciudad de 500.000 habitantes, declarada por Fidel capital provisional mientras llegaba a La Habana el 8 de enero, la revolución genera fidelidades, desilusiones, esperanzas, indiferencias o rechazos.

Orgullosa como muchos en esta Santiago con fama de corajudos, Dulce María narra, con voz de asmática, que escondía en el inodoro y en el techo de su casa armas y medicinas para "los muchachos de la Sierra". "Yo tenía una bodega. Cuando triunfó Fidel me la quitaron porque intervino los negocios. Pero nunca dije nada malo de él, ni que fui expropiada. ¡Total uno muere sin nada!", cuenta en la sala desde donde vio morir a tres revolucionarios en la escalinata del barrio Tivolí.

Conforme con su pensión de 200 pesos -nueve dólares- como obrera de una fábrica de caramelos, reclama que muchos olvidaron la represión de Batista y los logros de la revolución en salud y educación.

"Ahora ahí se sientan muchachos que están en la bobería a hablar de música y ropa. No piensan en la revolución, no tienen cabeza", se queja, con ceño fruncido, apuntando temblorosa a la escalinata.

En otro punto de esta ciudad bulliciosa y musical, calles empinadas y arquitectura colonial, un veinteañero confiesa que su "única alegría" será recibir el permiso de salida del país.

Con sus manos engrasadas, improvisando en la cajuela de su Lada un tanque de gasolina en una botella de aceite de cocinar, Ángel Atalá, de 79 años, asegura deberle a la revolución desde el carrito que tiene hasta la profesión de sus hijos.

"¿Qué revolución es ésta? Me gusta el sistema político, pero tengo que hacer cosas ilegales. Los 335 pesos (14 dólares) que gano no dan para mantener tres hijos", lamenta Francisco, transportista de 46 años.

Es que la popularidad del régimen es más fuerte en la generación de los Castro, la que vivió la pobreza y desigualdad bajo Batista. Pero la juventud de hoy (el 60% de la población es menor a 35 años) sabe de la Revolución lo aprendido en la escuela, y por más leales a los Castro que sean, anhelan cambios y oportunidades. Y a muchos no les interesa la política.

A la salida del preuniversitario que albergó al colegio donde Castro estudió con los jesuitas, una joven de 17 años, de mechones rojos, opina que "los tiempos son otros y se deben hacer cambios".

"Todo está controlado, quiero libertad y que mis futuros hijos no pasen trabajo para comer", declara en el mercado Joaquín Beltrán, de 21 años, quien sueña con irse a Italia con título de economista.

Dulce María dice que a su edad oyó de todo. "Muchos pasan dificultad, pero no hambre. La revolución no es rica. Mira mi vida, hay quien quiere a Fidel y hay quien no. ¿Tú me entiendes?", explica en las sombras de su sala abigarrada.

Entre un árbol de Navidad, una imagen de San Lázaro sanador de enfermos, unas sillas tapizadas en plástico, sobresale un televisor pantalla plana que le mandó un sobrino de Miami.

"Ahí voy a ver ahora a Raúl en el parque, porque Fidel está enfermo. Todos tenemos que morir y la vejez no perdona", dice volcando la mirada a la joven que posó sonriente hace medio siglo para la foto blanquinegra que cuelga de la descascarada pared.

Primer discurso de Fidel

"El poder no me interesa, ni pienso ocuparlo. Velaré solo porque no se frustre el sacrificio de tantos compatriotas, sea cual fuere mi destino posterior (...) Ahora hablará el que quiera, bien o mal, pero hablará el que quiera (...) habrá libertad (...) Libertad para que nos critiquen". Estos son algunos de los pasajes del discurso de Fidel Castro, en el parque Céspedes de Santiago, en la madrugada del 1º al 2 de febrero de 1959. AFP

El primer rebelde en La Habana, hoy es opositor

Eloy Gutiérrez Menoyo (74) fue el primer comandante rebelde que entró en La Habana el 1° de enero de 1959. Pero poco le duró la sintonía con Fidel Castro. La dirección comunista que tomaron los revolucionarios le provocaron el exilio en 1961, un intento de desembarcar en Cuba con un grupo armado opositor en 1964, su captura y una prisión que duró hasta 1986. Se fue a España y volvió a Cuba en 2003 donde vive hasta hoy.

Es opositor, pero sigue considerándose un revolucionario. "Por creer en la revolución y no apartarme de ella, pasé mi juventud en prisión", dice. AFP

El País Digital

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