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MIGUEL CARBAJAL
Si se toma en cuenta la desidia que rodea al Parque de las Esculturas, no tiene sentido lamentarse de algunos de los derroteros artísticos del país. En Buenos Aires, para citar un solo ejemplo, los murales resplandecen en la Galería Pacífico, en pleno corazón porteño, cuando se inicia el paseo por la calle Florida. Ese aporte plástico valorizó el centro comercial y le agregó un plus cultural que funciona como uno de los ganchos turísticos del centro. ¿Adónde fueron a parar los murales de Joaquín Torres García?
Existe una respuesta obvia: a un montón de cenizas. Pero antes de convertirse en algo menos que madera chamuscada en el Museo de Arte Moderno de Rio de Janeiro, en una madrugada del 8 de julio de 1978, estuvieron ignoradas, maltratadas, ajenas a su condición impar.
Torres luchó toda su vida contra la ignorancia ajena. ¿Cuántos edificios públicos y privados existen en lugares privilegiados del casco urbano montevideano? Decenas, algunos de ellos erigidos en la época del esplendor, como la hilera de torres que se levantan a los costados de la Avenida del Libertador.
A Torres le consiguieron apenas unos ambientes inadecuados y totalmente a trasmano en la Sala Martirené del Hospital Saint Bois. El prestigio y el tesón del Dr. Purriel y otros de sus colegas le consiguieron ese destino sanitario periférico.
Esa misma gente logró que otro mural de Torres se construyera en el Sindicato Médico del Uruguay. ¿Nadie pensó en una radicación que funcionara como vidriera? Los murales terminaron quemados en Brasil y los de sus discípulos trasladados a la Torre de las Comunicaciones, pero antes fueron sometidos a la indiferencia oficial que le plantó muebles, le imaginó boquetes y se salvaron por milagro que los pintaran encima. ¿Así cuida el país su mejor patrimonio cultural?
Otra obra de Torres, el celebrado Monumento Cósmico del Parque Rodó, estuvo al borde de ser corrido de lugar (otra vez) por un capricho estético de Leandro Silva Delgado.
La oposición de Olimpia Torres invalidó el proyecto. El estado selvático que ha adquirido la obra del paisajista salteño hubiera impedido cualquier tipo de visibilidad, de cualquier manera. Sin entrar a considerar lo que Silva Delgado tuvo en mente, el resultado final, entre apretado por otras esculturas y el abigarramiento vegetal hubieran terminado obstaculizando la apreciación de ese bloque de granito que Torres imaginó con su rigor de siempre.
Ahora le están imaginando vigilancias electrónicas a las esculturas que embellecen los espacios públicos centrales de la ciudad, pero se originan estremecimientos de terror cuando se piensa en el vandalismo oriental y lo a destiempo y fugaz que se produce el cuidado de los valores escultóricos uruguayos. Así transcurre el ADN nacional.
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