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GUILLERMO PÉREZ ROSSELL
Sus esfuerzos para pasar desapercibido fueron vanos y el desgarrador dolor de su desaparición trasciende a su familia, sus amigos y a todos los que en perseverante multitud, alguna o muchas veces, acudimos a su escritorio en busca de consejos sobre las más variadas disciplinas, comenzando por el arte y el arte de vivir.
Uruguay termina de perder a la persona que más sabía y mejor transmitía sus conocimientos sobre periodismo, impresión, arquitectura, diseño, artes plásticas, humor y, muy especialmente, sobre amistad, humildad y compromiso con la comunidad.
Comenzó de abajo, como todos los miembros de su familia, ejerciendo como periodista deportivo mientras culminaba su carrera de arquitectura. También fue crítico de arte con el seudónimo de Aramís. En 1955 concretó uno de sus más memorables aportes al crear el clásico suplemento El Escolar, guía, apoyo y entretenimiento de muchas generaciones. En colaboración con sus hermanos creó las revistas Lunes (1955) y Reporter (1961), así como El Libro de los Clasificados. Como arquitecto en sociedad con Oscar Mezzottoni y Omar Ariasi, realizó destacadas obras en Montevideo y Punta del Este. Presidió el Directorio de Televisora Larrañaga Teledoce y tras sucesivos mandatos, en reconocimiento a su experiencia y sabiduría, fue designado Presidente Vitalicio del Directorio de El País y Director de Ediciones.
Integró la Comisión Nacional de Bellas Artes… en fin, detallar las responsabilidades que asumió en su vida representa una enumeración tan extensa que hace perder de vista sus contribuciones.
En la década del 40 los diarios tenían una estética uniforme y tediosa. Cuatro compañeros del Liceo Bauzá: Eduardo y Horacio Scheck, Oscar Mezzottoni y Juan P. Parodi, con vocaciones ya volcadas a la arquitectura, la ingeniería y la odontología, apasionados por la creatividad, lograron la primera impresión en rotativa a cuatro colores que se conoce en el mundo para celebrar el fin de la Segunda Guerra Mundial. Eso ocurrió en 1945; cinco años después, también con intervención de Eduardo, El País publicaba su primera telefoto, conmemorando el triunfo uruguayo en Maracaná.
A partir de esos hitos El País inició un vertiginoso proceso de modernización y perfeccionamiento que no se le puede adjudicar en exclusividad, pero que contó con él como un motor incansable. Los grandes innovadores no suelen ser minuciosos. Lalo reunía ambos méritos. Temprano en la mañana revisaba todos los diarios y al llegar a su oficina abierta para todos, comenzaba un insuperable ejercicio de control de calidad. "Revisá los fieltros de los cilindros del segundo cuerpo, alguno debe estar gastado o mal nivelado, pues el golpe se ve en el entintado de tal página", le decía por teléfono al Jefe de Máquinas. "Nosotros tenemos tal y cual noticia, pero la competencia tiene tal otra", reprochaba al Secretario de Redacción. "Sabés que soy hincha a muerte de Nacional, pero no quiero que el diario se perfile para ningún lado", le advertía al Jefe de Deportes. "A la foto de primera le sobra entorno, cortale hasta las orejas al personaje", recomendaba al Jefe de Fotógrafos. Probablemente supere el millón, la cantidad de recomendaciones como esas que formuló en su vida, a la gente del diario y a cualquiera que tuviera la prudencia de aproximarse para recibirlas.
Lalo nos hizo mejores a todos y al mejorar al periodismo, mejoró la capacidad crítica de los uruguayos. Fue uno de los grandes maestros de la segunda generación que condujo a El País hasta su actual sitial. Nada trascendente resolvió la tercera generación sin apelar a su sabiduría y su formidable experiencia; no hubo un suplemento, una producción ni una cobertura especial en la que él no introdujera un cambio que contribuyera a su éxito. Lo lograba de manera muy singular, incidiendo sobre todos nosotros de tal manera que momentáneamente creyéramos que había sido un aporte nuestro.
"Era un sommelier del papel de impresión" dijo alguien ayer en su despedida. Palpaba y olía las muestras; eso le bastaba para saber en qué país y cuál empresa lo producía, cuáles eran sus características de entintado, absorción de humedad y capacidad para resistir las enormes velocidades a que circula en una rotativa. De rotativas, simplemente lo sabía todo.
Amante de las artes y de las ciencias, apasionado por el fútbol y por todas las actividades humanas que produjeran calidad de vida, entretenimiento o placer estético, el Arq. Eduardo Scheck fue uno de los más grandes impulsores del talento individual y de los proyectos colectivos que haya tenido nuestro país.
En una tarea que inició magistralmente su padre y continuara su hermano Carlos Eugenio, Lalo y Daniel Scheck asumieron la responsabilidad de brindar a los lectores productos complementarios tales como enciclopedias, manuales, colecciones literarias, fascículos, álbumes, concursos y un sinfín de realizaciones que enriquecieron nuestras bibliotecas o estimularon entretenimientos multitudinarios.
Lalo Scheck era un detector infalible de necesidades insatisfechas. De él fue la idea de incorporar nuevamente a Homero Alsina Thevenet para lanzar El Cultural con su complicidad constante, explicando que no debería preocupar la rentabilidad que la cultura, bien se sabe, no produce. Semejante fue su apoyo a la creación de un museo virtual que se sumara al Museo de Arte Contemporáneo en promoción del arte plástico uruguayo. Su apoyo fue consecuente y al MUVA I se suma el MUVA II, ambos con numerosos premios nacionales e internacionales.
Echado para atrás en el escritorio de su despacho sobre la Plaza Libertad, Lalo no aparentaba interés en las animadas conversaciones que desataban las personas privilegiadas con su amistad. Más bien parecía distante, hojeando diarios y publicaciones de otras latitudes y meneando la cabeza afirmativamente cuando algo lo justificaba. Era una persona de pocas aunque restallantes palabras; era más bien una persona de gestos, de raro humor gestual. Cuando un presente citaba a alguien, todos lo mirábamos, pues con mucha frecuencia, sin moverse de su sillón ni hacer ademanes, con un vertiginoso vis caricaturizaba al personaje, nos hacía estallar en carcajadas; lo cual nos recordaba que estábamos ante esa, su curiosa vertiente del humor que corre por la sangre de los Scheck.
Sus silencios se interrumpían apenas alguien decía algo muy interesante o muy tonto; aunque lo disimulara hasta el punto que muchos nunca lo sospecharon, Lalo era pasional. Lo estremecía la injusticia, lo sacaba de quicio la vulgaridad, y la mala intención desataba en él, una iracundia sin límites.
Lalo Scheck y Beatriz Tarigo fueron uno de esos matrimonios tan admirables que demuestran que, a veces, los paradigmas son alcanzables. Complementarios en todo, sumaron amor y humor, prodigaron afectos y compartieron sufrimientos. Elegantes, divertidos, enormemente cultos, comprensivos y solidarios, también compartieron las mismas poquísimas intolerancias.
Poco antes del fatal desenlace, perfectamente lúcido y sufriente, impedido de hablar por los recursos tecnológicos con que los médicos trataban de recuperarlo, Lalo parecía intentar expresarse. Alguien le alcanzó un block y una lapicera que ávidamente apresó, aunque con mano temblorosa. Estampó un mensaje difícilmente legible, aunque mirado con atención, parecen leerse estas palabras "muy feliz" - "Beatriz" - "en la vida" - "satisfecho". Fue su última lección de vida.
Los diarios son como las personas, tienen sus momentos de dolor y sus momentos de alegría. " El País " no pudo apartarse de esa realidad, y al mismo tiempo que celebraba sus 90 años, se vio sacudido por la muerte de otro de sus potentes pilares, que eso y más que eso fue el querido Lalo a los largo de más de seis décadas. Acababa de cumplir 83 años el 13 de septiembre pasado, y sobreponiéndose a pasajeros quebrantos de salud, siempre volvía a su escritorio, para incorporar alguna novedad, controlar alguna de las viejas o abrir un diálogo en las reuniones que presidía con afabilidad.
Había ingresado al diario en el año 1947, como cronista deportivo mientras seguía sus cursos de Arquitecto, hasta que se graduó en el año 1965, y vuelve ya como Cronista de Arte, bajo el seudónimo de Aramis en el comienzo de una carrera que se volcó en " El Escolar" primero y junto a sus hermanos en las revistas " Lunes" y " Reporter" y " El Libro de los Clasificados", desplegando tareas administrativas en los Directorios de "El País" y Canal 12 hasta el cargo de Gerente de Ediciones de esta empresa, desde donde contribuyó a su fortaleza.
Esa fue la trayectoria de sus obras, -a la que debe agregarse haber sido miembro de la Comisión Nacional de Artes Plásticas-, pero nada dice de sus condiciones personales, del hogar ejemplar que fundó con Beatriz Tarigo, del afecto que logró trasmitir y recibir de sus amigos, de su imaginación siempre abierta a las nuevas tecnologías y su intuición empresarial, con la cual nunca se equivocaba.
Va a ser muy difícil, desde ahora en adelante, como lo fue cuando falleció Cochile, volver al edificio de la Plaza Libertad y no encontrarlo sentado en su oficina, recibiendo con su tradicional "¿Cómo estás chiquilin?" o el más apremiante "¿ qué novedades tenés?", a partir del cual abría un largo diálogo enriquecido con su experiencia y su sano juicio. Queda al menos, para la empresa, el aporte de sus conocimientos, de los cuales no podrá apartarse, y para sus amigos, el privilegio de haberse contado entre ellos.
A partir de este 2008, alegre y triste a la vez, se incorpora a la galería de las sombras que nos sirven de ejemplo en el quehacer de cada día y de los afectos que nos impulsaran a seguir adelante.
J.C.J.
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